La Rosa Herida

A medida que me acercaba, sentía que las tenebrosas voces se hacían más fuertes y penetrantes. “¡Hipócrita! Eres un miserable y sólo deseas tranquilizarte. En realidad no te importa la niña, sino poder dormir”. En pocos minutos alcancé la esquina nuevamente. Estaba sudando frías gotas de angustia. Como me imaginaba, la niña no estaba ya en la acera. Crucé la intersección lentamente, mirando hacia todas partes, procurando escudriñar todos los rincones del Supermercado Nacional. Me sentí un poco aliviado. “Al menos ya se marchó”, pensé tratando de gratificarme y así acallar los demonios que me perseguían. Impulsado por mis reflejos, rodeé el Centro Comercial Nacional y bajé por la Avenida México, justo detrás del tarantín donde las señoras preparan los ramos de las flores. “Tampoco está aquí; definitivamente se marchó”, me dije, aliviado.

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