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	<title>40 Limones &#187; infancia</title>
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		<title>Los 82 de Donda</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Jan 2010 16:42:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Darío</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mi opinión]]></category>
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		<description><![CDATA[Mi padre hoy cumple 82 años. Lo que ha vivido mi viejo, la verdad es que no lo sabré nunca. Quienes conocen a mi padre saben que él es un incansable parlanchín, pero rara vez hablará sobre sí mismo en primera persona. Si acaso, lo hará para señalar cómo "el ladronazo de fulano de tal me engañó". Y sin embargo, en medio de su silencio autoimpuesto sobre su propia historia, lo adivino orgulloso de haber llegado donde llegó viniendo de donde vino.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El diez de enero de 1928 en algún paraje hoy seguramente urbanizado de La Vega, doña Josefa Andújar dio a luz al que sería su último hijo. El padre, José Ramón Martínez, elegante como si fuera de la alta alcurnia y recto como si perteneciera a la Guardia, apenas sonrió con media sonrisa y se sintió aliviado de que las parteras hubieran terminado su trabajo y todos estuvieran bien.</p>
<p>A veces pienso en cómo nació mi padre, Darío Martínez Andújar, hace hoy 82 años. Trato de imaginar su infancia, sus primeros años. ¿Qué jugaba, qué hacía, cómo era su vida? Es siempre un ejercicio complicado, porque carezco de todos los detalles, y ni siquiera mi propio viejo los recuerda. Mi padre es un anciano extraño. Es una Wikipedia ambulante con datos sumamente pormenorizados acerca de casi cualquier persona que haya cruzado en su vida o haya tenido alguna trascendencia. Sin embargo, habla muy poco sobre sí mismo, sobre sus orígenes, sobre su historia. Quizás deba reformular mi frase: &#8220;mi propio viejo no quiere recordar los detalles de su infancia&#8221;.</p>
<p>Sé que fueron años difíciles, pero qué tanto, eso no lo sé. Imagino que para un niño nacido en los albores de la tiranía del Sátrapa, no ha de haber sido nada fácil criarse. Penurias, escaseces, sacrificios&#8230; creo que esas eran cosas comunes para mi padre en sus primeros años, aunque él no quiera contarlas.</p>
<p>Mi abuelo José Ramón murió hace alrededor de cincuenta años. Nunca lo conocí. Salvo alguna ráfaga de memoria que un día mi padre cuente, jamás supe nada sobre él. Apenas tengo una fotografía, curtida de años y preñada de recuerdos prisioneros, que muestra a quien en su juventud debió ser todo un galán. Mi abuelo.</p>
<p>De mi abuela Josefa no tengo fotos que no sean de ella ya una anciana. Adivino muchos rasgos faciales de mi abuela que pasaron a mi viejo, no así con mi abuelo.</p>
<p>La infancia de mi padre está contenida en una sola fotografía, también cuarteada y amarillenta donde se ve un niño de algunos siete u ocho años posando junto a un cerdo de proporciones inmensas. El niño aparenta ser rubio, y ese es el rasgo que vez tras vez mi padre resalta. &#8220;¿Yo? Yo era un rubito buenmozo&#8221; suele decir casi suplicándonos que le creamos. Y yo le creo porque también yo fui rubio, por supuesto.</p>
<p>Mi viejo no habla de su propia historia. Nunca ha querido contar nada más allá de lo que dice de su vieja foto. Mi madre me ha contado que él vino a Santo Domingo siendo aún adolescente y vivió en una pensión en la calle Mercedes. Trabajó y fue a la Universidad (entonces no era Autónoma) de Santo Domingo donde se recibió de doctor en farmacia, creo que en 1951.</p>
<p>Luego de ahí, los detalles son más frecuentes. Su farmacia, las jeringuillas Monoject, los productos de Jansen Farmacéutica, y hasta su propio producto, un tónico reconstituyente llamado Fersón (mucho mejor que el famoso Forty-Malt). Y así llegó Damarco, la prosperidad y las dificultades.</p>
<p>Mi padre hoy cumple 82 años. Lo que ha vivido mi viejo, la verdad es que no lo sabré nunca. Quienes conocen a mi padre saben que él es un incansable parlanchín, pero rara vez hablará sobre sí mismo en primera persona. Si acaso, lo hará para señalar cómo &#8220;el ladronazo de fulano de tal me engañó&#8243;. Y sin embargo, en medio de su silencio autoimpuesto sobre su propia historia, lo adivino orgulloso de haber llegado donde llegó viniendo de donde vino.</p>
<p>Tengo mucho qué agradecerle, sin duda alguna. ¡Felicidades, viejo!</p>
<p><img class="aligncenter size-full wp-image-901" title="donda-82" src="http://40limon.es/wp-content/uploads/2010/01/donda-82.jpg" alt="donda-82" width="450" height="668" /></p>
<p><img id="myFxSearchImg" style="border: medium none; position: absolute; z-index: 2147483647; opacity: 0.6; display: none;" src="data:image/png;base64,iVBORw0KGgoAAAANSUhEUgAAABgAAAAYCAYAAADgdz34AAADsElEQVR4nK2VTW9VVRSGn33OPgWpYLARbKWhQlCHTogoSkjEkQwclEQcNJEwlfgD/AM6NBo1xjhx5LyJ0cYEDHGkJqhtBGKUpm3SFii3vb2956wPB/t+9raEgSs52fuus89613rftdcNH8/c9q9++oe/Vzb5P+3McyNcfm2CcPj9af9w6gwjTwzvethx3Bx3x8xwd1wNM8dMcTNUHTfFLPnX6nVmZpeIYwf3cWD/PhbrvlPkblAzVFurKS6GmmGqqComaS+qmBoTI0Ncu3mXuGvWnrJ+ZSxweDgnkHf8ndVTdbiT3M7cQp2Z31dRTecHAfqydp4ejhwazh6Zezfnu98E1WIQwB3crEuJ2Y45PBTAQUVR9X4At66AppoEVO1Q8sgAOKJJjw6Am6OquDmvHskZ3R87gW+vlHz98zpmiqphkkRVbQtsfPTOC30lJKFbFTgp83bWh7Zx/uX1B6w3hI3NkkZTqEpBRDBRzG2AQHcwcYwEkOGkTERREbLQ/8HxJwuW7zdYrzfZ2iopy4qqEspKaDYravVm33k1R91Q69FA1VBRzFIVvXbx5AgXT44A8MWP81yfu0utIR2aVK3vfCnGrcUNxp8a7gKYKiLCvY2SUvo/aNtnM3e49ucK9S3p0aDdaT0UAVsKi2tVi6IWwNL9JvdqTdihaz79/l+u/rHMxmaJVMLkS2OoKKLWacdeE3IsSxctc2D5Qcl6vUlVVgNt+fkPPcFFmTw1xruvT7SCd7nuVhDQvECzJH90h0azRKoKFRkAmP5lKTWAGRdefoZL554FQNUxB92WvYeA5UN4PtSqwB2phKqsqMpBgAunRhFR3j49zuU3jnX8k6fHEQKXzh1jbmGDuYU6s4t1rt6socUeLLZHhYO2AHSHmzt19ihTZ48O8Hzl/AmunD/BjTvrvPfNX3hWsNpwJCvwYm+ngug4UilSCSq6k8YPtxDwfA+WRawIWFbgscDiULcCEaWqBFOlrLazurupOSHLqGnEKJAY8TwBEHumqUirAjNm52vEPPRV4p01XXMPAQhUBjcWm9QZwijwokgAeYHlHYA06KR1cT6ZvoV56pDUJQEjw0KeaMgj1hPEY4vz2A4eW0/e1qA7KtQdsxTYAG0H3iG4xyK1Y+xm7XmEPOJZDiENzLi2WZHngeOjj2Pe+sMg4GRYyLAsx7ME4FnsyTD9pr0PEc8zPGRAwKXBkYOPEd96cZRvf11g9MDe7e3R4Z4Q+vyEnn3P4t0XzK/W+ODN5/kPfRLewAJVEQ0AAAAASUVORK5CYII%3D" alt="" width="24" height="24" /></p>
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		<title>Alberto, siempre Alberto</title>
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		<pubDate>Fri, 27 Nov 2009 04:21:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Darío</dc:creator>
				<category><![CDATA[Musicalia]]></category>
		<category><![CDATA[alberto cortez]]></category>
		<category><![CDATA[canciones]]></category>
		<category><![CDATA[infancia]]></category>
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		<description><![CDATA[La vida ha sido prólija contigo, Alberto. No puedes quejarte, primero porque no sabes, y segundo porque ni que supieras encontrarías motivos. Hasta las adversidades han sido enseñanzas y te veo hoy, como si fueras mi padre-artista, como si fuera yo el hijo que nunca tuviste, y tengo que reconocer que aprendí de ti más que tus canciones.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><img class="aligncenter size-full wp-image-836" title="alberto" alt="alberto" src="http://40limon.es/wp-content/uploads/2009/11/alberto.jpg" width="450" height="355"></p>
<p>La vida ha sido prólija contigo, Alberto. No puedes quejarte, primero porque no sabes, y segundo porque ni que supieras encontrarías motivos. Hasta las adversidades han sido enseñanzas y te veo hoy, como si fueras mi padre-artista, como si fuera yo el hijo que nunca tuviste, y tengo que reconocer que aprendí de ti mucho más que tus canciones.</p>
<p>Pocas personas han influido en mi vida de manera tan intensa y absoluta como tú, Alberto. Crecí escuchando tus canciones, de la mano de mi madre. Aprendí a amar tus metáforas, tan llanas, y a la vez preñadas de una poesía incomparable. Agarré de tu personalidad el amor por lo sencillo, lo básico y lo auténtico, por esas pequeñas cosas que hacen valorar lo cotidiano y ver belleza en lo más nimio de la vida.</p>
<p>Te he seguido y venerado con un cariño inteligente. Jamás te he visto más alejado del suelo que cuando vuelas al cantar <em>Castillos en el Aire</em>, y siempre me has parecido cercano, afable, coloquial y más que amable. He devorado todas tus producciones, muchas de las cuales aún conservo en discos de pasta. Eres, en mi galaxia, la luz más poderosa que ilumina el árido y azaroso mundo que he caminado hace 41 años.</p>
<p>En 1984, por primera vez, te vi actuar en persona y casi podría revivir cada momento que viví aquella noche en el Teatro Nacional, donde hoy, de nuevo, actuarás. Y esta vez, aunque quería, no estaré para aplaudirte y secar las lágrimas que indefectiblemente ruedan por mis mejillas al verte, amplio, llenar con tu presencia, y la melodía de tu voz, cada rincón de mi alma. Cada día te ha llegado una rosa, de cualquier lugar del mundo donde hay otro como yo que te admira. Y como el primer día, cada vez que se descorre la vida y se nos presenta tu arte, te sigo queriendo.</p>
<p>Alberto, mi viejo Alberto, que rozas los 70 años, tú no sabes ni la mitad de lo que eres para mí, para muchos como yo.&nbsp; No podrías, ni que quisieras, aquilatar el impacto que has dejado en mi alma y las de miles de callejeros de la vida que gracias a ti podemos pagar las deudas que tenemos con los amigos. A partir de mañana, sólo quiero vivir la mitad de tu vida.</p>
<p>¡Bienvenido, una vez más, a tu casa dominicana!</p>
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		<title>Una infancia muy influenciada</title>
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		<pubDate>Sat, 29 Apr 2006 16:48:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Darío</dc:creator>
				<category><![CDATA[En chercha]]></category>
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		<category><![CDATA[chapulín colorado]]></category>
		<category><![CDATA[chavo del ocho]]></category>
		<category><![CDATA[infancia]]></category>
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		<category><![CDATA[supermán]]></category>

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		<description><![CDATA[La televisión y el cine siempre han sido mal vistos por ser medios que ejercen una grandísima influencia en las personas. Se cuenta que en los inicios de ambos medios, hasta la usaban como canal de publicidad subliminal. Y el adoctrinamiento audiovisual es algo que no ha cesado hoy día, y aún nos llegan las [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La televisión y el cine siempre han sido mal vistos por ser medios que ejercen una grandísima influencia en las personas. Se cuenta que en los inicios de ambos medios, hasta la usaban como canal de publicidad subliminal. Y el adoctrinamiento audiovisual es algo que no ha cesado hoy día, y aún nos llegan las campanas gringas de que todo está bien porque así lo dice CNN.</p>
<p><img style="FLOAT: left; MARGIN: 0px 10px 10px 0px; WIDTH: 75px; CURSOR: hand; HEIGHT: 93px" height="124" alt="" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1805/2307/200/bcollins.jpg" width="102" border="0" />Pero antes, las cosas eran más calmadas, más lentas. No había televisión por cable, los canales locales cerraban a las 10 de la noche y abrían como a las 10 de la mañana. Recuerdo que la triste vida de vampiro enamorado de Barnabás Collins era lo último que se veía en la TV antes de que el Himno Nacional diera paso al aguacero de estática o a las aburridas barras de colores.</p>
<p>Sin embargo, los niños de los años setenta sí éramos más influenciables. Hoy día, cualquier carajito ve en una sola película más efectos especiales, más magias y acrobacias que las que yo veía en todo un año. Basta ver en paralelo <em>The Spy Who Loved Me</em> (mi favorita de la serie James Bond) y luego ver <em>Die Another Day</em> para darse cuenta de las diferencias. Y aunque George Lucas siempre ha sido un mago, hay un abismo de 30 años de efectos especiales entre <em>Star Wars</em> y <em>Phantom Menace</em>.</p>
<p>A los niños de hoy día no les asombra ver a Harry Potter volando. Pero quienes vimos a Mary Poppins elevarse con su sombrilla, quedamos sencillamente asombrados.</p>
<p>Antes, creo yo, éramos muy influenciables. Algo que veíamos en la TV, lo considerábamos real. Debido a esa reconocida y nunca antes confesada capacidad de creerme las cosas, yo mismo no me burlaría de todos los estadounidenses que creyeron realmente que éramos invadidos por extraterrestres que marchaban al compás de la maravillosa voz e ingenio de Orson Wells, hace como sesenta años.</p>
<p>Hoy día, es difícil asombrar a nadie. Ya la magia no es tan fácil de conseguir. O por lo menos, las bocas abiertas y las mentes torcidas al procurar comprender cómo diablos podía volar Supermán. Hoy todo es fácil: <strong>Efectos de computadora</strong>.</p>
<p>No sé si alegrarme o entristecerme, pero realmente me provoca una poco importante preocupación el ver que estamos criando una generación que tendrá dificultades para asombrarse, y que tendrá que hacer grandes esfuerzos para sorprenderse de alguna cosa. Ah bueno, pero ese no es el tema que quería compartir.</p>
<p>Mientras leía mensajes de mis amigos, surgió el tema de las películas viejas. Ayer vi por primera vez <em>2001: A Space Odyssey</em>, y comentaba que ahora entendía por qué esa película fue como <em>The Matrix</em> en 1968. Y aunque no diré que me gustó o que entendí plenamente esa cinta, reconozco que fue revolucionaria y audaz. Y me imagino cuánta gente fue influenciada por ella.</p>
<p>Como yo con Supermán. 1978 fue un año casi tan aburrido como 1977 y 1979. Sólo recuerdo que Balaguer lanzaba papeletas coloradas desde avionetas, las cuales se cambiarían por dinero si ganaba el torneo que ese año ganó Antonio Guzmán. Pero recuerdo que Supermán se estrenó aquí ese año (o a principios de 1979), y que fue la segunda vez que algo cinematográfico me produjo fiebre (un año antes, ya George Lucas había obligado a mi madre a disfrazar mi habitación con X-Wings, figuras de Darth Vader y Luke Skywalker con lightsabers de colores).</p>
<p>El efecto Supermán me hizo mirar al cielo, a las nubes. El hombre que puede volar. Sí, ombe, nada que ver con pajarerías ni deseos suprimidos de ser un Jaris Ramírez&#8230; No, la idea de volar y poder ver las cosas desde arriba, fue lo que me hizo corretear por los pasillos de mi casa con una toalla (de Supermán, por supuesto) y creerme indestructible. Esa falsa seguridad, ese deseo de demostrar que había encontrado el nirvana del ser humano, fue también el que me hizo trepar a la azotea de mi casa con mi infalible toalla roji-azul y una sábana con el Hombre de Acero, para probar mis poderes. Y sí, ni modo&#8230; descubrí que no puedo usar sábanas como paracaídas, aunque esté Supermán en ellas. Y de la pela ni Jor-El me iba a librar.</p>
<p>Y así jamás llegué a pensar que el Chapulín Colorado fuera fármaco-dependiente, pero lo veía cuando se tragaba unas pastillas blancas diminutas, que sacaba de un frasco también diminuto, y que al siguiente segundo, el mismo Chapulín se volvía diminuto, del tamaño de un ratón (vaya, eso no es tan meritorio considerando que Roberto Gómez Bolaños no era muy alto). Y me veían por todas partes con un frasco de Mejoral, simulando que eran pastillas de Chiquitolina, las cuales ingería como si fueran mentas de guardia. Nunca pude empequeñecerme (creo que de hecho las pastillas surtieron efecto contrario). Por suerte que no se me ocurrió robarme un frasco de pastillas de alcanfor o de matar cucarachas. Y sí, cuando mi madre se dio cuenta, me dio con el mismo Chipote Chillón que me compró cuando el Chapulín vino al Palacio de los Deportes. Pero sí me dolió.</p>
<p>Pero aún no era suficiente. Aún era demasiado crédulo e influenciable. Por eso, cuando un compañero del colegio, dos años mayor que yo, se volvió adicto a joderme, yo me refugiaba en algún rincón. Como carecía de amigos en el colegio (no fui muy sociable en esos años) todo lo que me quedaba era mi poder de enojarme mucho. Un día Renato me acorraló con algunos de sus amigos y yo con doce años y más imaginación que fuerza física, sólo atiné a apretar mis puños fortísimamente y cerrar mis ojos con toda la fuerza que pude reunir, al punto que veía las venas dibujarse y latir proyectadas en mis cerrados párpados. Pero no funcionó. No me transformé en Hulk, a pesar de que estaba muy enojado. No crecí, no me volví un gigante verde, no destrocé nunca mi t-shirt del San Judas Tadeo, así que al final, Renato y sus amigos sólo vieron en mí un chamaquito tan pendejo que apenas cerraba los ojos como si se estuviera cagando de miedo. Y no era así, no era miedo, sino que tenía que incojonarme mucho para pasar de David Banner a Hulk. Lamentablemente no tomé en cuenta el detalle de los rayos Gamma.</p>
<p>Y con todo, yo seguí creyendo. No sé cuántas personas recordarán haber visto a este flaco casi anoréxico andando por todas partes con un palo de escoba rojo, en cuyos extramos había colocado pedazos de tubo PVC blanco. Y como había aprendido uno o dos movimientos de los que hacía Monkey Magic, el protector de Tripitaka Buda, pues me sabía invencible y me daba pena cualquier persona que quisiera meterse conmigo. Hasta un día en que un carajo me desafió. No sé quién finalmente ganó la pelea, pero recuerdo en cámara lenta que haciendo un grito mezcla de David Carradine y Monkey, le rompí el palo de escoba&#8230; perdón, le rompí la estaca mágica en un costado a mi contrincante.</p>
<p>Caray&#8230; ¡la verdad es que uno se creía cada pendejada!</p>
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		<title>Treinta y cuatro</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Apr 2006 16:45:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Darío</dc:creator>
				<category><![CDATA[Mi opinión]]></category>
		<category><![CDATA[34]]></category>
		<category><![CDATA[crimen]]></category>
		<category><![CDATA[infancia]]></category>
		<category><![CDATA[josé rafael llenas aybar]]></category>
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		<description><![CDATA[Cada una de las treinta y cuatro hacía que la anterior pasara de ser inverosímil a ser sólo una puñalada más. A nadie parece molestarle que tu cuerpo recibiera 10, 15, 30 puñaladas. No, porque recibió treinta y cuatro. Y con una bastaba. Por eso, cada una de ellas hace que la anterior agradezca el favor de no ser la última. Sí... como una macabra cofradía las treinta y cuatro ocultan entre ellas cuál fue la que finalmente cerró tus ojos en este mundo para abrirlos como una herida eterna en mi alma. Y en el alma de tanta gente que no podía creer lo ocurrido.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://photos1.blogger.com/blogger/1805/2307/1600/LlenasAybar.jpg"><img style="float: left; margin: 0px 10px 10px 0px; cursor: hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/1805/2307/400/LlenasAybar.jpg" alt="" border="0" /></a>Treinta y cuatro.</p>
<p>Hace treinta y cuatro puñaladas que te fuiste a habitar un silencio injusto y frío. Un silencio angosto, un silencio inocente. Un silencio muy estruendoso.</p>
<p>Hace treinta y cuatro puñaladas en la espalda de la infancia dominicana que te instalaste en el nicho de los miles que desde sus altares claman justicia.</p>
<p>Hace ya treinta y cuatro puñaladas. Y al acercarse el 3 de mayo, nuevamente puedo revivir la angustia que me arropaba allá en 1996 cuando por todas partes me perseguían tus ojos de niño rico pero niño a fin de cuentas, que ya sin poder volver, pedían volver a tu casa a jugar Nintendo.</p>
<p>Hace ya treinta y cuatro. Cada una mortal por necesidad, pero abundantes en tu cuerpo como si caricias fueran y te hicieran falta. Como si te faltara amor en casa, o necesitaras una atención especial, almas desalmadas se ocuparon de ti. Treinta y cuatro veces. Treinta y cuatro veces te mataron. Y me mataron. Treinta y cuatro. ¡Coño, treinta y cuatro hasta en limones es mucho!</p>
<p>¿Por qué? Hace treinta y cuatro puñaladas que me pregunto lo mismo. Y el tiempo no camina. El calendario miente cruelmente y me dice que pasaron ya diez años desde las treinta y cuatro. Y no es cierto. No es cierto eso. No lo es.</p>
<p>Cada una de las treinta y cuatro hacía que la anterior pasara de ser inverosímil a ser sólo una puñalada más. A nadie parece molestarle que tu cuerpo recibiera 10, 15, 30 puñaladas. No, porque recibió treinta y cuatro. Y con una bastaba. Por eso, cada una de ellas hace que la anterior agradezca el favor de no ser la última. Sí&#8230; como una macabra cofradía las treinta y cuatro ocultan entre ellas cuál fue la que finalmente cerró tus ojos en este mundo para abrirlos como una herida eterna en mi alma. Y en el alma de tanta gente que no podía creer lo ocurrido.</p>
<p>¡Treinta y cuatro, maldita sea! Hace tanto tiempo que mi corazón se secó de albergar la esperanza de ver a esas otras personas que debieron comparecer ante la justicia de los hombres para ejercer un castigo que quizás ni siquiera Dios desearía imponer.</p>
<p>Aún recuerdo aquella jornada, <a title="La Copa de la Inocencia" href="http://40limon.es/index.php/1997/04/copa-inocencia/" target="_blank">el 14 de agosto de 1996</a>, cuando junto a otros cientos de indignados me expresé vehementemente buscando, quizás en un arranque de frustración, mendigar un poco de justicia de Dios y hacer que la Maldita Perra Argentina pasara un mal rato. Y me queda la pendeja satisfacción de haber logrado entorpecer su bacanal con mis gritos contra los cristales del Hotel Santo Domingo, y haber presenciado cómo una destacada ciudadana argentina lograba golpear a la Perra con un cartel cuando ella salía &#8211;huía&#8211; del Hotel.</p>
<p>Pero en el fondo, eso es todo lo que tengo. Y cuando pienso que hoy tendrías 22 años, que estarías terminando la Universidad, que quizás tendrías novia (y seguramente habrías conocido ya la sinfonía de cuerpos que cantan al amor), cuando pienso que probablemente ya tendrías un empleo o hasta un negocio propio (porque tus padres seguramente te habrían dado ese empujón que tanto ayuda), a mí me falta el ánimo.</p>
<p>Pronto llegará el 3 de mayo. Algunos lo recordarán. Seguramente habrá misas y oraciones. Quizás hasta algunos volvamos a reunirnos en algún lugar, a mirar tus ojos de niño rico, pero niño al fin y al cabo, y rogarle a Dios que jamás otros ojos se apaguen a la vida de la manera en que los tuyos se cerraron.</p>
<p>La gente muere a cada instante. Mueren viejos y niños, muchos de manera natural, otros trágicamente. Unos pocos, violentamente. No es que tu muerte sea la primera. Y tristemente tampoco la última. Pero duele por lo atípica, por lo extraña. Pocas personas recuerdan que poco después de tu crimen también asesinaron a un niño luego de un ritual sospechosamente satánico. Nadie parece recordar a Genis Samboy Pérez. Y quizás con el tiempo muchos tampoco te recordarán a ti. Pero cada 3 de mayo mientras vida tenga, yo me acordaré de tu nombre, y me vendrá a la mente el nombre de Mario José Redondo Llenas, y el de Juan Manuel Moliné Rodríguez&#8230; y el de Martín Palmas Meccía y el de Luis Palmas de la Calzada, quienes también tienen las manos embarradas de tu sangre, aunque la &#8220;justicia de los hombres&#8221; nunca lo pueda probar.</p>
<p>José Rafael, parece una tontería que te escriba, pero me da la gana de hacerlo. De sentirte cerca, como si fueras familia mía. Amigo mío. Hermano mío. Sí, porque no puedo leer sobre ti como un nombre más, como si fueras un niño olvidado de alguna pradera en Siberia, que por lejos duele menos que nada. No, yo me niego a tratarte como un pretérito silente. Me gusta escucharte, aunque no te oiga; y verte aunque nunca te haya mirado. Quisiera hablarte, pero sé que no me escucharías, porque sé que quizás estás aún ocupado. Esperando la respuesta que no llega.</p>
<p>La respuesta a esa pregunta que se dibuja como mueca en tu espalda cercenada.</p>
<p><strong>¿Por qué?</strong></p>
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