Todavía tiembla en Haití

Hace cuatro años, en una cuarta planta, cercano a las 6 de la tarde, yo tecleaba sin parar en mi computador, trabajando en alguna cosa. Un adorno que tenía justo a mi derecha se fue de lado. Un gemido crecía lúgubre y parecía venir de todas partes e ir hacia todas partes. El suelo empezó a balancearse, pero yo estuve quieto. Mi madre y mi hija llegaron cuando aún la tierra gemía. “¿Lo sentiste?” preguntaron casi en coro, con las caras pálidas con esa mezcla de terror y excitación que se nos dibuja.

Claro, lo había sentido. A pesar de que casi nunca siento un temblor, aquél sí. Aquella tarde de enero sí lo sentí. Fuerte. Intenso. Dramático. Nauseabundo.

Pero no pensé que aquello era el eco de una tragedia que empezaba a hendirse en el lomo oscuro del Haití tan falto de dicha y tan lleno de carencias. Pensé, eso sí, en muchas otras cosas parecidas a un cuestionario. A medida que sonaban las noticias no hacía más que añadir interrogantes al circo de emociones que me embargaba.

Fue duro el terremoto, no tanto por su fuerza sino por donde ejerció su látigo. Fue cruel el terremoto, si bien incapaz de entender que de los miles de escenarios, Puerto Príncipe era, sin dudas, uno de los que menos necesitaba ese dolor. Fue extenso, no tanto por lo que duró el temblor, sino por lo que representa, por las olas que alzó y que todavía nos azotan.

La herida en Haití ha servido a muchos para enriquecerse con la muerte y la miseria multiplicada, casi justificada. Un grupito de hijos de la gran puta, cuales buitres de la oportunidad, han sacado tanto provecho del terremoto que si pudieran lo harían todos los años. Un país jodido que por demás nos arrastra a su abismo tal como un siamés moribundo mataría a su otra parte, y que hace cuatro años tiene abierta la herida, zajada la cara hasta el hueso.

Haití ya era un desastre hace cuatro años un minuto antes de este minuto. El terremoto no hizo pobres a los que nada tenían. Sólo hizo ricos a muchos que se vistieron de víctimas para abrir la boca y los bolsillos con la ayuda que, por supuesto, no tardó (y que aunque muchos no quieran recordarlo, llegó primero de nosotros). Hoy, cuatro años después, Haití sigue temblando, aún se desploman edificios pues reputaciones pocas quedan. Todavía gimen muertos que no han sido enterrados en las calles de Puerto Príncipe, muertos vivos que deambulan mientras los vivos siguen muy vivos.

Al llegar el cuarto aniversario del terremoto de Haití, no me queda más que ver que ese país sigue igual de destruido. Que quizás lo único que ha avanzado es la manera de mentir sobre nosotros. Con todo, y a pesar, recuerdo esa fea tarde y me vuelve a doler. Todavía tiembla en Haití… y nosotros, junto a ellos, estamos al borde del abismo.

Earthquake in Haiti from Orlando Barria on Vimeo.

3 Comments

  1. Emmanuel January 12, 2014 at 9:30 am #

    Caramba, sin desperdicios. Lamentables verdades.

  2. comentador January 16, 2014 at 3:52 pm #

    Cuidado si ahora los innombrables te llaman “traidor a la Patria” y “racista” por decir la verdad.

    • Darío January 17, 2014 at 3:25 pm #

      No me sorprendería en lo más mínimo.

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