El irresponsable silencio del Cardenal

Actualización: Rápidamente debo reconocer que no vi unas declaraciones del Cardenal donde se pronuncia sobre el sacerdote polaco del más reciente escándalo. Busqué leer cosas de este tipo antes, pero tengo que admitir que no busqué bien. Gracias a Miosotis Abréu por hacerme notar el artículo de El Caribe. En mi defensa, solo puedo decir que empecé a escribir esta limonada el viernes pasado, ampliándola en el fin de semana y terminándola hoy. Antes de publicarla, ciertamente debí verificar novedades en la prensa. Mantengo el post intacto, pues soy responsable de mis palabras. Y porque considero que aún estas declaraciones del Cardenal NO son suficientes.

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El Cardenal en todo se mete, de todo sabe y en todo opina. Es un hombre de fácil palabra y que no baraja chance de salir en primera plana de todos los periódicos, en especial de su adorado Listín Diario, que cada día parece más un panfleto episcopal y no el “decano” de la prensa criolla. Nuestro Cardenal es un hombre ágil para el diálogo, profuso en coloridas metáforas y repleto de palabras inteligentemente seleccionadas para actuar como látigos. Si bien la mayoría de las veces no estoy de acuerdo con las cosas que dice, no puedo ocultar mi secreta admiración por el histrionismo que destila en cada cosa que hace. El Cardenal es tremendo actor, no cabe duda.

Por eso, me extraña mucho que el Cardenal se calle la boca. Me asombra —si me permiten el cinismo— que tengamos una semana sin escucharlo decir nada. Los gringos dicen que no news is good news pero en el caso del señor Cardenal, esto no puede ser verdad. El silencio del Cardenal pica, molesta, da raquiña emocional y tiene un tufo a complicidad que me llama poderosamente la atención. Es como si de repente, nuestro Cardenal hubiera agarrado su sotana y hecho un movimiento como un vampiro draculezco para envolverse en silencio. En un silencio irresponsable.

Hace dos semanas, la justicia le arrugó la cara al Cardenal al no aceptar la intención de la iglesia (más bien, del propio Cardenal) para detener la campaña de educación sobre los derechos sexuales y reproductivos desarrollada por Profamilia. Luego de ese “fo” que le hizo la justicia (con toda justicia), el Cardenal tronó, con el sarcasmo que le otorga su sotana llena de oscurantismo, y “felicitó” a la jueza que tomó la decisión. Y acusó a los periodistas de “coger” dinero de las Organizaciones No Gubernamentales que bregan con el tema. Ahí sí habló el Cardenal. Claro, potente y locuaz.

Sin embargo, la semana pasada se destapó un escándalo (uno más) en el que un sacerdote de origen polaco abusó sexualmente de varios menores de edad en una comunidad rural. La cantidad de palabras que ha dicho el Cardenal sobre este caso es exactamente cero. Nothing, niente, pa gen anyen.

¿Por qué se calla el señor Cardenal en estos días? Peor aún, ¿por qué no se callaba la boca la semana anterior a la pasada? La respuesta es sencilla: Porque no le conviene.

Tengo muchos años escuchando de “indelicadezas sexuales” de los sacerdotes contra menores de edad o mujeres. El común denominador de todas esas barbaridades es que desde que estalla un escándalo, el Cardenal se calla la boca. No sé si ustedes siguen mi línea de razonamiento, pero pienso que es bastante sospechoso y por demás irresponsable que la máxima autoridad de la iglesia católica en nuestro país nunca haya condenado enérgicamente a los sacerdotes pederastas y que no haya facilitado procesos civiles para perseguir y juzgar los crímenes de estos azarosos. ¿Acaso al Cardenal no le aplica eso de “el que calla, otorga”?

Peor aún, Francisco no ha cumplido dos meses como Papa de los católicos y ha ofrecido declaraciones más responsables sobre el tema de las violaciones de menores que el Cardenal en sus casi 22 años en el “oficio”.

Yo creo que ya está bueno. El Cardenal tiene que hablar, tiene que pronunciarse con firmeza y determinación sobre la ola rampante de casos de abuso sexual de sus “empleados”, cuya más reciente gema es el polaco de Juncalito, quien se mantiene lejos del berecumbé que ha crecido en su contra. El Cardenal no tiene derecho al silencio cuando la iglesia es cuestionada, cuando la sociedad busca respuestas por los “excesos” que cometen sus líderes.

Mientras más silencio guarda el Cardenal sobre el cura polaco y las decenas de otros curas acusados de vagabundería, más crece mi sospecha de que el silencio del Cardenal tiene raíz en que “si toca esa tecla, se hunde”. Tengo derecho a sospechar así porque sólo quien tiene mucha cola que le pisen tendría un comportamiento tan poco ético, sesgado, injustificado e irresponsable.

Sé que sueño. Nada raro en mí. Pero mientras más se calle el Cardenal cuando un cura viole un niño, cuanto más entorpezca las investigaciones con sus paños tibios y con cada nueva denuncia de abuso sexual que surja y que él no condene, más reforzaré mi sospecha de que el propio Cardenal “ha pasado por las armas” su propia legión de infelices.

Responsablemente, yo.

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