De niños nos tocó la tarea de aprender las cosas que supuestamente de adultos nos harían falta. Aprendimos por repetición, por ejemplos y por imitación, pero rara vez nos enseñaron a aprender. Lo que nos dijeron los profesores, los padres y la vida fue alojándose en nuestra mente muchas veces sin un orden ideal, más veces sin una mínima explicación de por qué.

¿Culpables? Todos. En primer orden, nuestros padres, que no cuestionaron los métodos de enseñanza y que confiaron demasiado en que un número cada mes bastaba para pensar que íbamos bien (o, en mi caso de pésimo estudiante, la cantidad de días que duraría sin ver televisión). Luego, culpables los profesores, atrapados en sus siempre insuficientes salarios que quizás no les permitían más afán que seguir un método impuesto y no retrasarse en alcanzar el final de un material.

Finalmente, culpables nosotros, que convenientemente aprendimos a burlar el sistema, algunos estudiando, otros más copiando y los demás llevando una granja de chivos a los exámenes. Crecimos engañados pensando que la nota era lo único que importaba para liberar junio y agosto, o para estudiar con el solo propósito de pasar el curso y no sufrir la vergüenza de que los demás avanzaran mientras nosotros repetíamos. Nos recostamos de circunstancias muy alejadas del hambre intelectual.

Nunca aprendimos lo más importante. Nunca aprendimos a aprender.

No sé ustedes, pero yo crecí con una terrible deficiencia que llamaría “hipoporquetina” (escasez de la hormona de la curiosidad). Esa actitud inquisidora que necesita toda persona que pretenda ser alguien en este mundo.

Mil veces en el colegio me preguntaron alguna bobería y yo miraba el techo mientras murmuraba entre dientes el consabido “yo me lo sé, yo me lo sé” solo para escuchar la lapidaria frase que bendecía un inútil sistema: “Saber es recordar a tiempo”. ¡QUÉ ESTÚPIDA FALACIA!

Ya antes he dicho que la universidad me transformó. Nadie me conocía, nadie me ayudaba, en nadie yo confiaba ni nadie confiaba en mí. Era yo contra todo el sistema, y el sistema era distinto a lo que conocía. Árido, intransigente con la comodidad, intolerante con lo mediocre. ¡Qué carajo! Sé que es un idealismo, nuestras universidades no son la gran cosa, pero en ese momento, empecé a aprender.

Y parte de ello se lo debo a Milvio De Marchena.

Temido por exigente y odiado por estricto, me tocó ser su alumno en dos ocasiones. En la primera, claro está, chocamos sonoramente cuando le llamó la atención a un compañero y a la segunda, el bigotudo profesor le lanzó un “tizazo” al tipo, que rebotó en la pared y se me pegó a mí en mis escafandras. Ya yo tenía mis 6’6″ de altura (aunque como 100 libras menos), así que me puse en pie, levanté la tiza y lo amenacé pausadamente con palabras calculadas: “Tenga mucho cuidado conmigo y su puntería”. Puso mirada de “discúlpame” y lanzó otro tizazo, ahora bien atinado, mientras yo aún tenía el primer proyectil en mis manos. Luego me pidió disculpas formales y me dijo algo que no olvidé jamás: “Hiciste bien en reclamar, nunca te quedes con nada ajeno”.

Pasé esa primera materia con A (el único del curso que lo logró). Usualmente al final de cada clase le preguntaba alguna cosa a Milvio, y aunque no recuerdo los detalles, sí recuerdo que nunca me respondía las cosas completamente. No sé si lo hacía a propósito, pero le gustaba dejar los temas inconclusos y solía decirme “¿Qué piensas de eso?” para que yo tuviera que investigar más.

No fue el único, aunque sí el primero, que dio una “clase fantasma” sobre algún tema controversial solo para esperar que alguien cuestionara la veracidad de las cosas y cantar el consabido “No se crean todo lo que les digan, investiguen todo, coño” (el coño lo decía con las cejas).

Y es que saber no tiene nada que ver con recordar bajo la presión de un examen o de una pregunta sorpresa del profesor. Saber mucho menos tiene que ver con el oportunismo del tiempo, toda vez que sin una base correcta, el conocimiento se hace superfluo en una mente indispuesta a comprenderlo.

Saber no es recordar ni tiene que ver con tiempo. Saber es, muy por el contrario, ignorar quizás una mayor parte de algo y utilizar lo que ya conocemos para desarropar lo que aún ignoramos. Saber, en su sentido más básico, tiene la semilla del inconformismo, es un inmenso signo de interrogación existencial que debe llevarnos de por qué en por qué como un Tarzán intelectual en sus lianas. Saber jamás debe terminar con una graduación, ni con una carrera.

Por eso muchas veces le respondo a Vielka con preguntas. Por eso procuro sembrar en ella ese gusanillo de curiosidad que, tristemente, pocas veces veo aflorar espontáneamente en su mente de 11 años. Nuestros niños deben aprender a aprender. Deben ser expertos en cuestionar. En reclamar. Hay que enseñarlos a exigir explicaciones. Un niño que sepa preguntar, que tenga ganas de aprender, poco a poco se vuelve inmune a manipulaciones.

Quien cuestiona y quien investiga corre menos riesgo de ser cogido de pendejo (por un estafador, un violador, un narcotraficante…) y a la vez aventajará a la mayoría que prefiere la comodidad del “conocimiento enlatado” que trae un libro y que se embotellará para el examen.

La imagen la obtuve de aquí.

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