Vurlka es mu nula binuts

De niño me encantaba curiosear (¿a quién no?). Un día estaba en una de las habitaciones de mi casa, la que mi madre usaba para hacer algunos trabajos secretariales. Tenía una máquina de escribir Olivetti de las que había que “darle a la manigueta” para bajar un renglón en la hoja. No pasó mucho tiempo antes de que yo me pusiera a “punchar” las teclas y a escribir. ¡Y escribí mucho!

Cursaba la primaria en el Colegio San Judas Tadeo y allí hice amistad con Raúl Francisco Tejeda Calderón, quien terminó siendo mi mejor compañero de estudios. Una de las principales razones detrás de nuestra amistad surgió un día que le llevé un capítulo de mi “novela”, la que yo llamaba “Cosmos 1945”.

Corrían los primeros años de la década de los ochenta, y Teleantillas era la novedad en nuestros aburridos televisores de 13 canales VHF. Dentro de las series que daban en el modernísimo canal 2 estaban “Cosmos: 1999”, “Hulk” con Lou Ferrigno, “Happy Days”, “Mi Bella Genio” y “Los Héroes de Hogan”, entre otras.

Mi imaginación un día empezó a chispear y el resultado fue que me puse a escribir una “novela” en donde mezclaba elementos de todas las series en una sola cosa que llamé “Cosmos 1945”. Era la historia de un grupo de soldados estadounidenses dados por muertos que quedaron varados en el Japón de finales de la Segunda Guerra Mundial. Los soldados conformaban un grupo muy heterogéneo donde había un fortachón que rompía con todo, tal como Hulk cuando se quedaba en shorts (la diferencia era que mi personaje se ponía azul, ya saben, para que no me dijeran copión). También había una chica preciosa que todos querían tener de novia, y alla a todos los rebotaba con trucos de magia que hacía. Otro de los guardias podía predecir el futuro (era mi personaje favorito, recuerdo que lo llamé “Elpidio Horóscopus Villafutura”). Todos eran muy amigos y se vivían haciendo bromas. La misión de los soldados era llegar a Hiroshima antes que los aliados lanzaran la bomba atómica para lograr salvar a la población y a sus propias vidas. Mi “novela” narraba las peripecias que iban ocurriendo, los entuertos que hacían con sus tropiezos y todas las locuras que pasaban en su camino a la ciudad japonesa.

Escribía una página todos los días y la llevaba al colegio. Solamente Raúl leía cada página, durante el recreo. Era mi único público. Mi único crítico. Y era genial verlo doblado de la risa cada mañana leyendo todo lo que le pasaba a la pandilla del Capitán Onésimo Orestes Gallafón, quien dirigía la tropa.

Lo triste de este relato es que en el proceso de escribir mi “novela” maltraté totalmente mi capacidad de aprender correctamente mecanografía. Y esa es, en realidad, la razón de esta limonada. No, no soy mecanógrafo. Nunca he podido aprender el uso correcto del teclado, y solamente aprendí a punchar teclas uso con los índices, dedos medios y el meñique derecho para poner los acentos.

Vielka no sabía esto. Lo descubrió hoy cuando vinimos a mi oficina y me vio tecleando como un pollo sobre mi vilipendeado teclado. Por supuesto, me había visto muchas veces antes, pero hoy se animó a contarme que su madre puede escribir sin mirar el teclado sin cometer errores. Y me pidió que intentara escribir algo sin ver las teclas.

El resultado fue catastrófico.

Pero no conforme con verme fallar tres veces en escribir una simple frase, ella agarró una cámara y me hizo pasar vergüenza dos veces más. Y este es el vídeo. En dos oportunidades escribí sendas frases en otro idioma.

¿Se imaginan lo que deseaba escribir?

Bueno, ok. ¡Acábenme! No soy mecanógrafo… al menos cometo muy pocos errores ortográficos.

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