Los perros de mi vida

Leía hace unos días una entrada en el blog de Paola Chaljub y me dio por copiar su idea para contarles acerca de los perros que han pasado por mi vida… pero me limitaré a mencionar a los que vale la pena recordar, los de cuatro patas, los nobles, esos que casi siempre son amables y leales, cuyo mayor crimen suele ser voltear zafacones y mearse en la sala. A los de dos patas que los recuerde su mar(beep)ta madre.

Bocaca, el génesis de mi voz

Mi madre vivía en Alma Rosa al yo nacer pero al poco tiempo nos mudamos al Ensanche La Fe, justo al frente del Hospital Salvador B. Gautier, en la Calle 39 #9, para ser más exactos. Era una casa de un solo nivel, modesta y pequeña, pero tenía un patio que podría describir con lujo de detalles pues fue mi “playground” hasta los seis años (en mi niñez no se usaba eso de maternal, kinder y demás, yo entré en pre-primario de aire).

El perro de la casa era un doberman que solamente recuerdo por sus ojos que eran muy penetrantes. Se llamaba Bocaca y me tomó un cariño inusitado para un animal que era del doble de mi altura. Me cuenta mi madre que cuando yo empezaba a balbucear, ella ansiaba escuchar el clásico “papá” o “mamá” que casi todos los niños dicen… pero mi primera palabra fue “bo-ca-ca” y desde ese mismo día yo dije que vine al mundo a trollear. 🙂

Cuando ya tuve edad de acarrear cosas, yo le llevaba la comida a Bocaca y era la única persona que podía acariciarlo. Lamentablemente, un día me pasé de la raya y Bocaca me lanzó una dentellada que por escasos centímetros no se insertó en mi ojo derecho. No recuerdo que yo haya llorado, pero cuando regresamos del hospital ya Bocaca no estaba y entonces sí lloré. Años después supe que mi padre se lo había llevado a cuidar su empresa, donde murió.

Blacky, la nobleza

Después del nacimiento de mi hermano, vino un majestuoso pastor alemán al que llamamos Blacky. Era fornido, le encantaba brincar por toda la casa y ladraba con una potencia que realmente atemorizaría a cualquiera. Sin embargo, ¡era pendejísimo con los truenos! Una noche hubo una larga tormenta eléctrica y Blacky, desesperado, penetró en la casa luego de fabricarse un orificio rasguñando frenéticamente la puerta de plywood que había atrás.

Tino y Chuleta

La señora que trabajaba en mi casa en esos años, la siempre recordada Mariana, un día se apareció con dos cachorros que le habían regalado. Supuestamente se los llevaría a su campo pero los meses pasaron y al final duraron como un año conviviendo con Blacky. Supongo que eran viralatas porque no podría recordar la “marca” que eran. Tino era el más pequeño y oscuro pero también el más huraño. Chuleta, que así le llamamos porque le encantaba ese manjar, era más ágil y jugetón.

Luego de un tiempo, nos mudamos del Ensanche La Fe al Viejo Arroyo Hondo, al Residencial Plaza Central (nada que ver con el centro comercial). Blacky se fue al negocio del viejo y los perros de Mariana finalmente terminaron en no-recuerdo-cual campo. Estábamos “perroless”.

Linda, la rescatada

Mi hermano y yo éramos dos infantes pero regresábamos a pie desde el Colegio Arroyo Hondo hasta el Residencial Plaza Central. Una tarde luego de clases íbamos caminando cuando mi hermano oyó unos gemidos. Curiosos, nos devolvimos y descubrimos un cachorro que lloraba. No sabíamos si era perro o perra, pero estaba cubierto de hormigas y literalmente fue el ser más indefenso que recuerda mi niñez. Mi hermano y yo no dijimos nada, simplemente la limpiamos con nuestros uniformes, le quitamos las hormigas y la llevamos a nuestro apartamento. Mis viejos se escandalizaron pues en ese residencial era terminantemente prohibido tener animales. Con la muela infantil que caracteriza a todo niño, fuimos convenciéndolos de que nos quedáramos con ella “hasta mañana”, “hasta que se cure”, “hasta que pueda cazar sola” y así pasaron nueve meses. Nos mudamos a la casa grande donde luego tuvimos a Diana y Susy, de quienes les cuento luego.

Resultó que Linda era perra, y el nombre le quedaba bien. Era viralata pero de una estirpe sumamente noble. Siempre fue nuestra guardiana, nos tomó el legendario cariño y la lealtad a toda prueba que cuentan los cuentos. Cuando nos mudamos a Los Cacicazgos, a una casa con menos patio, se la regalamos a Mameyón, el guardián del sector, con quien también había hecho migas. Lloré mucho cuando me miró por última vez y gimió como cuando la encontramos. Tristemente, ni a Mameyón ni a Linda jamás volví a ver pero me gusta pensar que siempre les fue muy bien. ¡Ojalá!

Diana, hija de Júpiter

Sin dudas, el animal de más “alcurnia” que he tenido. Diana fue una dálmata con pedigree, hija de campeones de su raza. Sin embargo, era una perra rara. Fue madre varias veces, pero nunca conservó ningún cachorro porque… se los comía! Nunca he podido olvidar esa tristeza que tuve cuando descubrimos su extraña manía. Pero fuera de esta perturbadora imagen, Diana era todo lo hermosa que puede ser un dálmata. Atlética, ágil y muy despierta, vigilante nata, solía ser la que primero detectaba las amenazas. Fue mi favorita y me encantaba jugar con ella en el amplio patio que teníamos en Arroyo Hondo. Linda y ella no se llevaban muy bien que digamos, pero al final competían por nuestra atención.

Diana sí se fue en la mudanza a Los Cacicazgos pero sospecho que el cambio no le hizo bien. Terminó enfermándose y murió antes del año de estar en el nuevo lugar. Al morir, yo mismo cavé una rústica tumba y la enterré con demasiadas lágrimas en el fondo del patio.

Susy la adoración de mi vieja

Sencillamente no he visto una persona “comprenderse” tan bien con un animal como mi vieja se entendía con la poodle Susy. Era una compenetración muy particular. Ambas fueron madres y apostaría que se entendían muy bien por eso. Susy tenía el privilegio de ser “huésped de habitación” y era la única que podía subirse a la cama de la doña. Creo que de todos los perros de mi vida, Susy era la más inteligente, la única capaz de sentir empatía con nosotros. Jugaba cuando era apropiado, se recogía cuando había tensión. Cuando uno estaba callado, se acostaba sobre los pies o al lado de cualquiera de nosotros.

Susy llegó cuando vivíamos en Arroyo Hondo y también vivió en Los Cacicazgos. Tras su último parto Susy quedó muy débil y no sobrevivió muchos días más. Cuando finalmente murió, mi vieja se fue de la casa llena de lágrimas y me pidió que no la enterrara en el patio, pero no le hice caso y con mi hermano la sepultamos junto a la noble Diana. Creo que mi madre se dio cuenta, pero nunca más tocamos ese tema. Pero hay que decirlo, Susy era una persona que andaba a cuatro patas, y como tal se le amó.

Pinky también conocida como “El chivo”

Susy fue madre de Pinky poco después de llegar a Los Cacicazgos. Nunca supe quién fue el padre, pero a juzgar por lo rara que salió Pinky (y sus demás hermanos) tengo sospechas de que el padre fue un chivo. La perra parecía más bien una jutía negra, con el pelo lacio, muy brillante y suave. Era larguísima comparada con su madre y tenía las patas cortas. Pinky probablemente es el animal más pendejo que he visto en mi vida. Me divertía cuando se asustaba con la alarma de la casa. Por muchos años, Pinky y su madre Susy fueron los únicos perros que hubo en mi casa. Una noche se escapó y un automóvil la estropeó. Hubo que dormirla.

El último de mis perros, Nico

Nico era un poodle ligado con todas las variaciones de viralata que puedan imaginar. Fue el único varón del último parto de Susy. Tenía un asombroso parecido con su madre y eso fue justamente la razón por la cual preferimos regalarlo, ya que mi vieja se entristecía mucho con los recuerdos. Nico (cuyo nombre completo era Nicolás de Jesús, en referencia a otro perro que pulula por ahí), terminó en casa de mi tío Buenaventura y aunque ya murió hace unos años, su descendencia aún habita en esa casa. Lo regalamos en 1997.

Sin perros

Hace ya catorce años que no tengo perros y debo admitir que recordar mi “catálogo canino” me ha dado mucha nostalgia. Quisiera tener posibilidades de volver a tener un perro, pero mientras eso llega, me quedará conformarme con el deseo soterrado.

7 Comments Los perros de mi vida

  1. Paúl Luna Espinal

    wao, yo he tenido como 8 gatos y no los recuerdo bien a todos (total, nunca les pusimos nombres, todos eran “Michu”)…

    Por cierto, estaba leyendo esta limonada con una gran sonrisa en el rostro hasta que leí el origen del nombre de Nico -__- pero ni modo, el respeto al derecho ajeno es la paz…

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    1. Darío

      Andardiache… bueno, lamento el que no te resultara agradable ese asuntito. A decir verdad, mi madre fue la que inventó el nombre, y ella es bastante religiosa. Recuerdo que en esos días (como en tantas ocasiones) Nicolás de Jesús se vio envuelto en montón de declaraciones no del todo idóneas para una persona en sus funciones, por aquello de “zapatero a tus zapatos”. Honestamente, a mí no me cae nada bien el señor ese, pero tampoco pretendo que nadie se lo tome muy a pecho. He conocido nombres que se llaman “Balaguer” o “Fadul” 🙂

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  2. Paola Chaljub

    Dario! que limonada tan noble y hermosa!…que bella historia de perros y que bueno que los recuerdes con tannnnnnto cariño que te permita rememorar con lujo de detalles todas y cada una de sus caracteristicas. Increible como escribes de ellos y logras hacerme una imagen en la cabeza de cada uno, cuantas personalidades! Se nota que siguen siendo seres especiales en tu vida y que te han marcado con amor para siempre!
    Me rei un monton con Nicolas de Jesus y con aquello de que Pinky parecia hijo de un chivo…ajajaajjaj
    Te creo a ciegas eso de la relación estrecha entre tu mamá y Sussy, a veces esos vinculos de madre se identifican tanto que sobrepasan la barrera de lo humano, lo cual lo hace un millon de veces mas especial.
    Diana por otro lado, me recuerda a Agustín (aquella perra que parecia perro y que nunca tuvo cachorros) y pasó lo mismo aqui con Cuncuna (la que nos acompaño por19 años en casa) que se comio su cria despues de parirla…tiene su explicacion medica pero sea cual sea..es un asunto de ellos! Verdad?
    Te felicito por esta limonada, como todo ser perruno me ha encantado, lo he leido y me he identificado contigo…al igual que tu me siento orgullosa de Los Perros de Mi Vida (los de cuatro patas!..de los otros ni vale la pena mencionarlos..ajajjajaj)
    Me alegra mucho que te hayas animado y espero que eventualmente rescates alguna Linda o puedas amar a un Bocaca de nuevo…yo termino aqui, porque mientras te escribo este limón, Muñoky, el hijo de Rocky y Polola, me esta arañando las piernas luchando por mi atención y yo voy a dejarme mimar por el.
    Abrazos! hermosa y emotiva limonada!

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    1. Darío

      La inspiraste tú, después de todo. Lamento que en estos casi dos meses he estado tan lejos de leer los posts de todo mi blogroll, pero eso llegará. Necesito ponerme al día 😀

      Gracias por tus palabras, Paola! 😀 Geniales los nombres de tus perros 😀

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  3. Raysa

    Qué lindo! Eso sólo lo pueden decir quienes aprecia la vida de los animales, que la verdad no son tantos, si nos ponemos a ver. Yo crié un gato hermoso, lástima que no lo pueda enseñar por aquí porque la verdad es que era una atracción para todo el que lo veía, especialmente por lo grande y miedoso que era al mismo tiempo, jaja. Era dizque angora, según el que me lo regaló, pero ya sabes que aquí a todo el gato que tenga pelo largo le dicen angora. Lloré tanto cuando mi papá me lo botó, entré en una depresión terrible. Hasta a mi jefa y a mi esposo los puse a llorar por mi situación. Y bueno, ya no me voy a poner melancólica de nuevo por Momotaro. Cuando tenga espacio y tiempo para cuidarlo seguro que me busco otro gato. Los animales son capaces de darnos grandes lecciones de vida a los seres humanos

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    1. Darío

      Hermoso testimonio, Raysa! Yo no soy muy amigo de los gatos, me los encuentro demasiado “odiosos”, pero te admito que son tremendos maestros. ¿Sabes por qué lo pienso? Porque me enseñan a lidiar con las personas… jejejeje 🙂

      No he tenido gatos propios, pero una vez compartí mucho con uno llamado Dixie que era bien chévere. Lo que sí era que se buscaba muchos líos porque a cada rato lo veía estropeado…

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  4. Raysa

    Jajaja, pues cuando lidies con las personas trata de no “aruñar” muy duro 😀
    Los gatos son muy independientes, por eso tienen fama de odiosos. Yo me tomé el tiempo de disciplinar a Momo y logré sacar bastante, eso me parece determinante cuando uno adopta un animalito. Bueno, espero por la otra limonada, me gusta tu “sazón”. Dios te bendiga!

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