El niño de los trompos

1976 se moría rápidamente rodeado de fiestas navideñas, dispendio y jolgorio. El bacanal del 31 de diciembre llegó sin pudores ni vergüenzas exhibiendo las faldas alzadas en medio de la carencia y la estrechez un San Carlos tan igual como el más igual de los barrios de clase media en Santo Domingo.

El juguete de moda aquella Navidad era el trompo. Infinidad de colores y formas adornaban aquella madera de baitoa o de guayaba torneada con artesano cuidado para conseguir la forma de gota de agua que bailaba sobre una punta de metal, como querría más tarde el famoso Musiquito cuando pedía ver la lluvia lloviendo de abajo para arriba.

Julián recibió el nuevo año jugando, como ya lo hacía desde el día de Navidad, con su colorido trompo azul turquesa que el Niño Jesús le había dejado sin esperar agradecimientos debajo de un árbol de pino plástico con luces de colores intermitentes. Esa fue toda su Navidad, su único regalo, un modesto trompo con punta de clavo de acero y gangorra gruesa, que bailaba equilibrado por largo tiempo taladrando suavemente la tarvia de la 16 de agosto frente a la iglesia.

Julián también era un niño igual al más igual de los niños de aquél San Carlos lleno de calles estrechas y carencias aún más estrechas. Como sólo tenía ese nuevo juguete, en pocos días ya era un experto acróbata y podía poner a bailar su trompo azul turquesa con precisión y tino donde quisiera. Se ponía retos y buscaba la forma de hacer nuevos trucos todo el tiempo. En eso, un amiguito pasó por su lado con un trompo rojo en las manos.

—Juan José, ¿y ese trompo?
—Mío de Navidad.
—¿Y sabes bailarlo?
—Sí, claro.
—¡A que no baila más que el mío!

El reto infantil picó al niño y quiso demostrarle a Julián que no era el único que podía hacer bailar en fervorosa trayectoria un pedazo de madera de colores, y ambos infantes lanzaron sus pupilos en consonancia y ganando Julián cómodamente la pequeña apuesta.

—¡Ahora los voy a bailar los dos! –dijo con aire de trompólogo consumado.

¡Y así lo hizo! El trompo azul turquesa y el trompo rojo, bailando uno junto al otro y jugando “un pellizquito y mandarse a juir” cada vez que se acercaban demasiado. Pero el evento de inmediato trajo más curiosos que formaron un círculo alrededor de los dos gladiadores de colores. Y muchos niños, que también tenían trompos, también quisieron participar.

—¡Yo también sé bailar mi trompo! –se animó otro de los chicuelos y lanzó su trompo con poco éxito y provocando las risas de Julián y los demás amiguitos.

—Dame acá, yo sé hacerlo. –dijo Julián y bailó el tercer trompo junto a los dos primeros. Y así, de repente, la plaza de la iglesia se vio preñada de trompos, todos bailados por Julián quien seguía siendo el que mejor dominaba el arte.

Más y más niños de los alrededores se acercaban y Julián, ya mecánicamente, les tomaba los trompos y los ponía a bailar. —Dámelo, yo lo bailo mejor que tú. —decía sin mirar al dueño y sin saber si realmente era cierta su osada afirmación.

Ocho, nueve, diez trompos girando rápidamente, chocando unos con otros. El de Julián, el azul turquesa, empezó a dar traspiés y se detuvo. Segundos después, el rojo de Juan José también rodó derribando a la vez dos trompos más. Julián, frenético, se lanzó sobre ellos, enrolló la gangorra en cada uno y los puso de nuevo a bailar. Ocho otra vez, nueve con el de Juan José, diez, once, doce… y otros amiguitos llegaban y sin mediar palabra Julián se adueñaba de cada uno, mientras sudaba a pesar de la brisa de enero que arropaba el lugar. Trece, catorce, y Julián ya no hablaba con nadie, estaba concentrado totalmente en cada uno de los trompos a medida que chocaban, bailaban, se desaceleraban y caían. Trece, doce, once, diez, empezaban a caer los trompos y Julián estaba frenético enrollando la gangorra mecánicamente mientras la sangre se agolpaba en la punta de su dedo índice que estaba prisionero por el nudo cada vez más intenso.

El décimo trompo se tambaleaba. Era amarillo y tenía un enigmático sinfín que envolvía a quien lo mirara fijamente. Era el de Arturo, regalo de su padre, aunque él pensaba que era, como todos, un regalo del niñito Jesús. Lo miraba atentamente y cuando notó que estaba a punto de detenerse, avanzó dos pasos para tomarlo y bailarlo de nuevo.

—¡Déjalo! ¡Es mío! –gruñó Julián mientras se abalanzaba sobre el juguete empujando a Arturo, y así lo relanzaba y subía la cuenta una vez más. Diez, once… doce, trece, catorce… casi todos los niños de San Carlos estaban en la plaza de la iglesia y Julián sudaba abiertamente mientras mantenía los trompos en movimiento. Quince, dieciséis… quince otra vez, y de nuevo dieciséis, diecisiete, dieciocho. Más trompos, de todos los colores, tamaños y formas, caían en las manos cansadas de Julián pero igual los ponía a bailar.

Y el niño estaba frenético, sin perder detalle alguno de cada uno de los trompos, siguiendo con la mirada todos los bailarines y calculando cada detalle de sus movimientos, previendo cuándo iban a empezar a caer para agarrarlos antes. Diecinueve… veinte… y el dedo índice de su mano derecha sangraba por la llaga que le abría la gangorra encarnándose en la piel, pero Julián ni cuenta se daba.

Veinitiuno… Julián resoplaba por el esfuerzo pero no se detenía. Veintidós y un trompo que descuidó se detuvo tumbando cinco más para poner la cuenta en dieciséis mientras Julián gritaba de furia por el error cometido y volvía con frenesí a subir la cuenta de los trompos bailando, sin reparar en que con cada lance, junto al trompo giraba la ensangrentada gangorra y su dedo seguía manando el líquido carmesí.

Diecisiete… dieciocho. Jadeaba el niño pero no descuidaba nada. Diecinueve… veinte… veintiuno, veintidós… ¡y veintitrés! Ya no habían más trompos, ni más niños en San Carlos. Y Julián cayó de rodillas mientras uno a uno fueron deteniéndose los trompos, y se desplomó el trompólogo en medio de ellos. Un pequeño charco de sangre latía en su dedo índice, zambullendo la gangorra. Al final de todos, el trompo azul turquesa permanecía en pie, impasible ante los ojos de Julián, hasta que cayó girando mientras el niño de ochenta y tantos años apagaba la mirada, apagaba la vida y apagaba todas las vidas que intentó manejar a lo largo de su existencia como trompos ajenos que clamaba como propios.

Juan José tomó su trompo, lo mismo que Ernesto, Esteban y Moisés, Después Milton, Arturo y todos los demás niños de San Carlos, uno por uno, por fin tomaron sus vidas en sus propias manos y pudieron vivirla y bailarla sin dejar que nadie más quisiera controlarlos. Y Julián se murió bailando otras vidas, sin darse cuenta de que sólo su trompo azul turquesa era el imprescindible.

1 Comment El niño de los trompos

  1. Carlos

    Estuvo chido el cuento, gracias. Me recordó a mi infancia con los trompos.
    Hmmm, a mi me tocó la época en donde debías sacar de un círculo a un trompo que estaba inmóvil dentro.
    Ya no recuerdo las reglas muy bien, lo poco que recuerdo es que si tu trompo quedaba dentro del círculo lo perdías. Pero podías recuperarlo si lo sacabas con otro de tus trompos.

    Al lanzar los trompos, hasta zumbaban. En ocasiones, el trompo se clavaba en el otro y saltaban ambos fuera del círculo.

    Los trompos usados estaban hechos de un plástico sólido, tipo resina. Como la que se usa para hacer las tablas para picar verduras.

    A pesar del mal trato de los trompos, un niño dificilmente le prestaba a otro niño su trompo favorito (su tiro). Se creía que el otro niño podría doblarle la punta o dejar “cancarro” al trompo.

    Estaban además las acrobacias con los trompos, yo no conocía otra forma de jugar con ellos, lanzarlos y simplemente ver al trompo bailar era aburrido.

    De hecho, los trompos ni siquiera tenían decoración alguna.

    Los trompos de madera no se usaban debido a que se quebraban muy rápido, y cuando salieron los trompos huecos, de la Dulcan, yo pensé que no durarían ya que no soportaban la fuerza con que lanzabamos a los trompos.

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