Leoncio, el mendigo que no mendigaba

En todas partes hay pobres y desposeídos, pero algunos son más creativos e inteligentes. Para mendigar en el Siglo XXI, probablemente el peor camino es mostrarse como un mendigo, apelando a la lástima o suplicando misericordia con cara de hambre. Con la situación económica tan caótica que estamos viviendo, cada día cada peso cuenta más, y debemos ser más sensatos para desprendernos de él. Por eso, todas las haitianas que se cuelgan una mochila de huesos y carne en un hombro continúan viendo mermados sus botines diarios, pues ya el truco no resulta novedoso. Pero hay casos particulares, como el que les cuento.

Recuerdo que hace muchos años, en la Sarasota esquina Abraham Lincoln, se ubicaba un minusválido llamado Leoncio (aunque no estoy muy seguro del nombre). Se le adivinaba pobre y humilde nomás de verle, pero siempre vestía saco y corbata aunque sus deformes piernas colgaran saliendo de los ruedos de un pantalón remendado. Leoncio técnicamente no pedía dinero a nadie, sino que la gente le daba espontáneamente, casi como si fuera un peaje. ¿Cómo lo lograba? En su silla de ruedas se trasladaba junto a los autos que esperaban la luz verde y le decía a cada conductor una frase positiva, acompañada de una sonrisa asombrosamente perfecta para alguien que, supuestamente, estaba en una precaria situación.

Con el tiempo, Leoncio hizo cierta amistad con los pasantes cotidianos, y recuerdo que reconocía a casi todos al punto de poder darle seguimiento a nuestras vidas. Por eso, podía alegrarse cuando veía a alguien que no había pasado por la esquina dos días consecutivos porque había estado enfermo, o comentar con otro conductor que había comprado un nuevo automóvil, y hasta elogiar el nuevo cambio de peinado de la doña, y tantos otros detalles que nadie más podía (¿se detenía a?) notar. Creo que todos los que guardábamos un par de monedas para Leoncio, lo hacíamos de buena gana, a sabiendas de que sus frases positivas cada mañana y cada mediodía eran parte de nuestra dosis de bienestar. Nunca pedía dinero, pero lo aceptaba gustoso. Quizás lo consideraba un salario devengado por una labor olvidada: Prestarle atención a la gente y sus detalles.

Tan agradable era su ejemplo y su impacto en nosotros que hasta llegó a ser entrevistado en el programa de Nuria Piera, en donde descubrí que se había casado con una mujer normal, religiosa como él, y a la cual posteriormente empecé a ver acompañando a su esposo detrás de la silla de ruedas.

Mi vida me llevó a mudarme a otro lugar de la ciudad y ya la famosa esquina no era parte de mi ruta acostumbrada, por lo que dejé de ver a Leoncio… no sé si sigue allí, ni si sus frases siguen siendo parte del menú de cada conductor, pero espero que esté bien.

¿Alguien lo recuerda, o sabe más de su paradero?

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