Ventitremil cuatrociento sesentidó… docientocincuenta pessso!

loteria¡Ah, la suerte! Esa puta evasiva que todos deseamos pero que pocos pueden presumir de haberla alcanzando… Y no, no hablo de “la suerte hecha”, la que forjamos con trabajo y dedicación. Esa no es evasiva y mucho menos se precia de puta; y al final, aunque tengamos ésta, aún soñamos con aquélla, con la fugaz, con la rápida, con la que nos daría tanto placer… con ganarnos un día el premio mayor, que hoy llamamos “Loto” pero que antes de la modernidad nos lo cantaba María Cristina Camilo con su perfectísima dicción, desde un salón en la sede de la Lotería Nacional.

Recuerdo que mis domingos infantiles incluían la inexorable visita a la iglesia San Pío en la orilla sur del Parque Independencia. Luego del aburrido ritual (del cual sólo me gustaba –y aún me gusta– el momento de la Paz), mi madre salía con mi hermano y conmigo amarrados a cada lado, y emprendíamos el camino hacia la 30 de Marzo. Pero siempre había una parada, o más bien una pasarela que hacíamos con ella a lo largo de una interminable hilera de billeteros que parqueaban sus “burros” de tres patas en toda la acera y se vestían de sirenas para entonar sus cantos mágicos prometiéndonos que cada uno de ellos tenía “el del Premio”. Alguna vez le pregunté a alguno por qué si tenía el Premiado, lo estaba por vender. No recuerdo si me respondió, ya mi madre estaba llegando donde su billetero “de la suerte”… aunque nunca recuerdo que ella ganara nada con él, por lo que no puedo confirmar si era “de la suerte” en realidad.

También recuerdo, como decía al principio, el desarrollo de los sorteos. El ambiente siempre revestía una solemnidad digna de la realeza española (la británica está desacreditada). Había un proceso de auditoría de los bolos numéricos y de los bolos de los premios, tras lo cual se iniciaba el proceso de “barajamiento” de la tómbola grande (que contenía los alrededor de treintamil bolos numerados desde el noble e infravalorado “0”). Verificado que todo iba bien, se iniciaba el remeneo de la tómbola pequeña, la cual contenía los bolos con los premios. Cada tómbola estaba a un lado del escenario, y en el medio, una mesa con tres personas. A un lado se sentaba quien recibía los bolos de la tómbola grande y anunciaba el número. Al frente se sentaba quien cantaba el premio que ganaba ese bolo, el cual caía desde la tómbola pequeña. Y cada uno le pasaba su bolo al personaje del medio, que tenía la obligación de verificarlos. Y esto se repetía decenas, cientos, miles de veces.

El sorteo se transmitía por radio y televisión. En el Parque Independencia los billeteros vendían sus billetes hasta un buen tiempo después de iniciado el sorteo, apuñaleándose los que iban cogiendo premios para su beneficio, porque aunque no los podían cobrar ellos, tendrían su truquito para compensar. ¿O acaso somos dominicanos en balde?

Recuerdo que el sorteo era sintonizado en todas partes, a nivel de que a veces podías seguirlo mientras caminabas por cualquier lugar ya que todo el mundo lo escuchaba… aunque en realidad, nadie lo estaba escuchando. Las voces mecánicas de los narradores se convertían en una especie de “música de fondo”; todos sabían que estaba ahí pero no podían precisar lo que decían. Lo que todos estaban esperando era uno de los momentos especiales, esos instantes en que la voz de María Cristina Camilo (o de algún otro narrador con igual pureza) engolara su voz y anunciara como un pavo real el monto del premio. Cuando eso ocurría, se paraba el sorteo y se repetían los números con sus cifras y luego completo varias veces.

–Uno, cuatro, ocho, cuatro, nueve; ¡catorcemil ochocientos cuarenta y nueve!

–¡CINCO MIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIL PESSSSSSSSOS!

Se premiaba la primera bola, así también como la última bola. Y por supuesto, los tres premios mayores los cuales caían en cualquier orden. También había premios menores pero suficientemente importantes para la época. Aquello era todo un espectáculo de ver. Los oyentes despertaban cuando escuchaban que se cantaba un premio especial y se preguntaban uno a otro “¿cuál fue, cuál fue?” mientras el que estaba más cerca del radio mandaba a todos a callar con la mano derecha mientras que con la izquierda levantaba aquél radio (concretamente llamado “radio de billetero”) a su oreja para escuchar el detalle.

Las reacciones también eran diversas. Con los premios mayores se pagaban aproximaciones, colitas y reintegros. Muchos despreciaban con enojo las aproximaciones (que eran el billete anterior y posterior a los tres premios mayores) porque eran “casi suerte”.

Las quinielas eran otra historia, pues sólo eran con unidades y decenas que iban desde el 00 hasta el 99. Recuerdo que mi tía Tatín se casó por toda la vida con el 02, a nivel de que aún la recuerdo cuando veo ese número en cualquier parte.

La Lotería de hoy día…

La Lotería en años pretéritos era un impresionante despliegue de recursos analógicos que para su época estaba bien. Hoy día los billeteros han sido casi extinguidos por los fracataneros y sobre todo por las loterías electrónicas (que ahora tenemos tres). Los tumultos del Parque Independencia desaparecieron. Ya nadie compra billetes a domicilio, ya nadie se casa con números de quiniela.

Sin embargo, todavía la Lotería realiza sus sorteos (mucho más reducidos en extensión pues se limitan a los premios mayores y alguno de ocasión). Lo que no ha variado es la mentalidad analógica de la Lotería. Y sumémosle el aspecto pomposo y excesivamente meticuloso que rodea cada sorteo. Investigando para escribir esto me encontré con el “protocolo único e invariable” que rige la celebración de los sorteos. ¿Tienen una idea de cuántos pasos se siguen para sacar los premios de la Lotería? ¡Treinta y trés! Aquí está la prueba.

A mí me gusta mucho la claridad y la transparencia, que existan procesos detallados, explícitos, pormenorizados, para cualquier cosa que involucre dinero o premios, pues un proceso bien cuidadoso es una salvaguarda contra los reclamos, los problemas y el descrédito… sin embargo, hay un punto de los sorteos actuales que a mí sinceramente me molesta, me choca y me desagrada: El uso de no-videntes para extraer los bolos de las minitómbolas.

¿Por qué utilizar estas personas ya certificadas como no-videntes, hacer que utilicen camisas blancas mangas cortas, guantes blancos, y como si fuera poco, ponerles una venda en … los ojos?

Estamos en el Siglo XXI, hay demasiada tecnología como para seguir teniendo un proceso tan engorroso, tedioso y atrasado, que se apoya en el uso de no-videntes a los cuales se les da tratamiento de ladrones (pues los vendan siendo ciegos, les ponen guantes y le exigen vestir mangas cortas, como si fueran a ser los ladrones de la Lotería, sabiendo bien que los verdaderos ladrones VEN MUY BIEN).

Yo pienso que el protocolo de la Lotería Nacional debe ser variado. Muy claro, detallado, seguro y todo eso, pero innecesario el uso de no-videntes, máxime si es para darles ese de latrocinidad sospechosa que se les da. Yo imagino que a los no-videntes les dan una ayuda financiera y eso está bien, pero no es cierto que son indispensables, ni indispensable es el trato que se les dispensa.

Pero… como siempre, yo soy el Quijote de los Molinos más Imposibles…

2 Comments Ventitremil cuatrociento sesentidó… docientocincuenta pessso!

  1. Yosi

    WoW Daro!! Recuerdo esa tediosa tanda de los premios, no se veía ni escuchaba nada hasta que pasaran, llegue a no soportar la voz de María Teresa… Pero si no soportaba ese proceso menos este que lo encuentro totalmente deprimente, diantre y tanta caballá que hablan pa dar los numeritos esos. Aqui tan jevi que tiran esos numeritos con su rubia al lao y to la vaina!!

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