Mi vida cambió hace treinta años
La guagua del Colegio

La guagua del Colegio

El martes 30 de enero de 1979 yo iba en el autobús escolar del Colegio Arroyo Hondo, un viejo Volkswagen azul muy parecido al que usan los terroristas que “matan” a Doc en Back to the Future. Faltaban casi cuatro meses para mi cumpleaños número 11, pero ese día estuve bien cerca de nunca cumplirlos. Iba neciando junto con otros compañeros de curso cuando el chofer hizo una maniobra peligrosa y Augusto y yo nos salimos por una de las puertas laterales. Yo caí de espaldas y bailé electroboogie antes de que los morenos de Harlem lo inventaran. Mis gafas de carey a-la-Ney Arias Lora fueron a parar sabrá Dios dónde dejándome virtualmente ciego. Me detuve chocando con un frío-friero (justamente lo que el chofer quiso evadir con su brusco giro).

Sin importarme el dolor, quise ponerme en pie y vocear como un frenético para que el autobús no se fuera dejándome en medio de la nada, pero cuando quise ponerme de pies me fui de bruces sin entender por qué. Miré mi pie y entendí todo: el impacto con el carrito de madera del friero me había fracturado los dos huesos de mi pantorrilla derecha (así aprendí, con años de ventaja, esa lección de Ciencias Naturales: los huesos de la pantorrilla se llaman Tibia y Peroné). No me dolía nada y mi único miedo era quedarme “botado” en aquella zona, pero cuando miré a mi pie derecho y lo vi en forma de L, me atrapó un pavor que nunca había experimentado.

El autobús se detuvo y se armó el juidero. Me montaron en el sillón del medio y como ya empezaba a recobrar la sensibilidad en mi magullada espalda y sobre todo en mi pierna rota, recuerdo que empecé a gritar como loco “¿por qué a mí, por qué a mí?” mientras miraba con limitada visión a todas partes… hasta que con mis ojos borrosos por la falta de mis gafas logré distinguir el cuerpo inmóvil de Augusto, totalmente bañado de sangre. No dije una palabra más, pues con apenas diez años me di cuenta de que mi amigo con el que apenas minutos antes jugaba sin preocupaciones, estaba muerto. Aquilaté que yo estaba vivo, y que no sangraba en casi ninguna parte. Augusto, en cambio, manaba sangre como una fuente.

Nos llevaron a la Clínica Alcántara y González y ya no supe más de mí porque me anesteciaron mientras me operaban para restaurar los huesos rotos. Al otro día desperté rodeado de todos los familiares que solamente veía en Navidad. Tenía el clásico suero que goteaba con parsimonia, y toda mi pierna derecha cubierta con un yeso blanco, húmedo y frío (de esos ya sólo usan en el Darío Contreras). Lo primero que pregunté fue “¿Y Augusto?”, y me dijeron que estaba bien. Aturdido, no sé si lo creí o lo soñé. Pero sí, afortunadamente, Augusto sí se salvó de aquella aparatosa caída.

Volviendo a mi cama y mi yeso, recuerdo que me dieron de alta un par de días después. Mis padres me sacaron del Colegio Arroyo Hondo esa misma tarde, pues el colegio no quería asumir plena responsabilidad, echándole la culpa al chofer. Nunca volví a ver a mis compañeros de ese curso. Tuve una maestra particular que iba a mi casa cada tarde a ayudarme con las clases que tenía que aprender. Y así empezó un episodio de mi vida que sin dudas fue la piedra angular de mi personalidad.

Mi tratamiento tomó tres meses con yesos (me los autografieron todos mis amigos) y luego varias semanas con muletas y con movilidad limitada. Vivía en el Condominio Plaza Central del Viejo Arroyo Hondo (los que saben dónde vive Alesi, es en ese mismo residencial). Para mí fue una bendición estar tullío por más de cuatro meses en una época sin Internet, sin Nintendo, sin iPods y sin televisión por cable. Lo único que pude hacer fue leer… y diantre, sí que leí.

Devoré varias novelas de Julio Verne: Viaje al centro de la Tierra, 20,000 Leguas de Viaje Submarino, Los hijos del Capitán Grant (uno de los más interesantes relatos que atesoro en mi corazón), La vuelta al Mundo en 80 días, De la Tierra a la Luna, casi todos los cuentos de Hans Christian Andersen, Las fábulas de Esopo, la biografía de Thomas Alva Edison, una versión infantil del Caballero de la Mancha de cuyo nombre ninguna reina de belleza puede acordarse, Robinson Crusoe, y otras obras fantásticas. Y fue en esa época que fui marcado por la simple y maravillosa historia de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

De todas maneras sí vi televisión, y recuerdo que en esos años uno de mis programas favoritos era Tele-Match (link, link), producido en Alemania por TransTel Cologne. Este programa consistía en concursos entre pueblos de Alemania, los cuales competían en complicadas y divertidas carreras, usualmente disfrazados con vestuarios que hacían más complicada la movilidad, o con aparatos que añadían dificultad al trayecto. Se acumulaban puntos y ganaba el pueblo que acumulara más.

Mi infancia cambió totalmente en 1979 gracias a la bendita imprudencia de un chófer escolar y mis queridas tibia y peroné rotos. Posiblemente nunca habría leído esas obras si hubiera podido seguir correteando por todas partes sin detenerme a pasar páginas a la izquierda en libros tan “gordos y sin dibujitos”. La lectura es realmente la más enriquecedora experiencia de conocimiento que pueda tener un niño, ya que obliga a crear un universo de espacio-tiempo donde ir colocando las imágenes que va leyendo. Aún recuerdo vívidamente escenas de Los hijos del Capitán Grant que imaginé en mi mente infantil, así como el Nautilus del Capitán Nemo en 20,000 leguas.

Ya sabe: conviene que le rompa una pierna a su hijo cuando vaya a cumplir 11 años, pero no olvide deshacerse de toda la tecnología que lo pueda distraer.

Comenta, sin vergüenza