La tecnología no es para todo el mundo

Motivado por un post de Lizzye, me permito re-postear esta chulería que escribí en mi viejo “Cristal con que miro”. Me perdonan el reciclaje de bits y bytes…

-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-*-

La tecnología no es para todo el mundo

(Originalmente publicado el 8 de febrero de 2007)

¿Cómo que la tecnología no es para todo el mundo? ¿Y de dónde me sale ese clasismo tecnológico, esa división en clases basada en silicón? Aunque podría enumerar muchos ejemplos, el que me motiva a escribir es uno muy común. Los cajeros automáticos.

Forzando mi no muy fiable memoria, creo recordar que el primer cajero automático que utilicé fue uno del Banco Popular, en Unicentro Plaza, en 1991 o 1992. Lo recuerdo porque estaba en boga la guerra del Pozo Séptico (o del Golfo Pérsico como algunos historiadores la llaman).

Tenía una de esas cuentas de ahorro CASH del referido banco, y había depositado por ventanilla algunos pesos para “ahorrar”. Me entregaron la tarjeta y me dieron un papelito con cuatro números que eran mi PIN (en esa época no habían “Juniors” para uno poder especificar su propio PIN, sino que todas las tarjetas venían pre-codificadas).

–Usted va al cajero y cuando la máquina le pida la clave, le pone estos números y le da a la tecla verde que dice “Enter”– fue la escueta instrucción de la ejecutiva.

Mi intención no era sacar el dinero que acababa de depositar, pero como cualquier tecnócrata que se respete, quise probar el sistema de inmediato.

Justo al salir, me enfrenté por primera vez ante una de estas máquinas y realicé mi primera transacción electrónica. Creo que retiré 20 pesos o algo así. Me quedé encantado con el sistema, con la rapidez, la comodidad y el hecho de que no tenía que hacer filas ni enfrentarme a una cajera odiosa e insensible a mis minúsculas necesidades de joven ahorrante.

Y, claro está, en el curso de un par de días, ya había gastado mis ahorros, por bregar con la dichosa máquina. Era la versión con paga de jugar Space Invaders o Crazy Climber en una de las maquinitas de Neubar’s (si alguien se acuerda de esta pizzería, que lo demuestre diciéndome su localización. Una pista: Hoy día hay una sucursal del Banco del Progreso en su lugar).

De eso han pasado ya tres lustros. Me resulta imposible imaginar cuántas veces he estado frente a un cajero automático. NCR, Diebold y otras marcas, quizás con otras interfaces, pero todas con la misma premisa básica. Cada día más y más empresas pagan sus nóminas a través de cuentas con tarjeta de débito (hasta en Trinergia, que somos unos chivitos jarto’e jobos pagamos así).

Sin embargo, a pesar de tantos años de uso, a pesar de tantas instrucciones, a pesar de toda la red que nos muestra estos aparatos hasta en la sopa, aún así hay un universo de añépidos que no sabe lidiar con estas máquinas, ya sea por escasez de materia gris en la azotea, o (mucho peor) por carencia de buena educación para con los semejantes.

A los primeros los excusaré un poco, aunque espero que se reduzca su cantidad con el correr de los años. Con los segundos no abrigo tantas esperanzas.

¿Cómo es posible que haya gente capaz de ir a un cajero automático y acumule tras de sí una fila de varios cristianos que esperan por la máquina, mientras la tal estrella de cine realiza 10 transacciones consecutivas de 400 pesos cada una “porque no me gustan las papeletas de 500 pesos”? ¡Carajo! Ya que tienes esa aversión tan ridícula a los 500 pesos, haz una o dos de tus transacciones y dale paso al siguiente de la fila, por amor al ñame!

Y peor es el garpántulo que va a un cajero, sobre todo en días pico como los 15 o 30, y lleva en un bolsillo las tarjetas de débito de todo su departamento, y en la mano un reguero de papelitos con las claves anotadas. Y lo ves haciendo una transacción, sacando la tarjeta, y emburujándose con los papelitos para saber cuál es la que sigue. Claro está, sin dejar que nadie más use la máquina en lo que él delibera si era un 6 o un 8 lo que Gertrudis escribió en una esquina de una esquela mortuoria.

Recuerdo una vez en la que me gocé el protestar. Estaba en uno de los cajeros del Banreservas de Plaza Lama. Un Trucutú salido del Hoyo de Pelempito andaba con su Dulcinea. La mujer, al parecer la parte pensante de la ecuación cavernaria, era la que controlaba las tarjetas y los PINes. Sin embargo, el Capitán Cavernícola era quien operaba el cajero. Era víspera del día de Reyes, y supongo que los tipos estaban limpiando tarjetas de todas partes para reunir lo suficiente para comprarle juguetes a sus australopitequitos. Loable, sin dudas. El caso es que cuando llevaban ya cinco tarjetas diferentes, primero verificando el balance y luego en una segunda transacción sacando todo lo que podían, empecé a quejarme pues vi que Doña Caverna aún tenía otras tarjetas en la mano esperando turno. Al principio la respuesta fue sólo el silencio, pero como mis reclamos hallaron eco en otros clientes el simio se dio la vuelta y dijo que nos calláramos “porque no me dejan concentrar y a mí hay que esperarme porque yo hice mi turno”. Me salí de la fila (que ya tenía como siete personas más) y hablé con uno de los ejecutivos del banco. El funcionario funcionó y comprobó el abuso de los mandriles y luego de preguntarles cuántas tarjetas le faltaban (¡cuatro más!) les pidió “cortésmente” que dejaran fluir la fila antes de seguir masacrando la infeliz máquina dispensadora.

La última edición de mis pesadillas con imbéciles y cajeros automáticos me ocurrió la semana pasada. Un sujeto de poca estatura era el único en el cuarto. Llegué yo y unos segundos después una mujer. Al poco tiempo noto que el individuo luce parco, confundido. La máquina no le da el efectivo. El tipo saca la tarjeta e inmediatamente intenta reintroducirla, pero como los cajeros tienen un “delay” para aceptar otra tarjeta, no pudo y el fulano lanzó un sonoro “coño” reflejo de su frustración. Luego que logró empujar casi a la fuerza la tarjeta se quedó en Baviera ante la pantalla de ingresar el PIN. Un dígito… tres segundos… luego el segundo… tres segundos… después el tercero… tres segundos… otro “coño” y pulsa la tecla de borrar. ¿Acaso no era la misma tarjeta? ¿Había olvidado el PIN tan pronto? Repite la letanía con las mismas pausas pero ahora parece que recordó bien la secuencia. Duda ahora si su cuenta es de ahorros o corriente. Parece hacer memoria y recordar que antes no le funcionó con cuenta corriente por lo que inteligentemente ahora decide que su cuenta es de ahorros. Ahora debe decidir la transacción, por lo que examina toda la pantalla y elige “Retiro de efectivo” luego de leer todas las opciones. Ante las cantidades predefinidas vuelve a dudar. Pasan los segundos hasta que por fin el cajero se cansa de esperar y le advierte que está tomando mucho tiempo para completar la transacción. Como veo que el tipo se queda impávido le digo que debe retirar la tarjeta o continuar la transacción, y el tonto se voltea para engullirme con todo y mis dos metros de altura, diciendo que no lo joda, que él sabe lo que está haciendo, que lo deje en paz… Y como hay un Dios en los cielos, el cajero consideró que estaba bueno ya y se tragó la tarjeta del infeliz.

–¡COÑOOOOOO, POR TU CULPA, MARDITO DEGRACIAO, ME COGIERON LA TARJETA!

Yo, sin poder esconder mi alegría, sólo atiné a decirle que entrara a la oficina bancaria y solicitara un nuevo plástico pronto. Mientras el tipo echaba más chispas que una soldadora le sugerí que aprendiera primero a usar el cajero, y mirando a la mujer que esperaba conmigo sentencié el evento con la frase que titula este post.

La tecnología no es para todo el mundo.

Y en 15 segundos salí del lugar con mi efectivo en mano y mientras veía por el cristal a Cuasimodo comiéndose a una pobre funcionaria del Banco Popular.

1 Comment La tecnología no es para todo el mundo

Comenta, sin vergüenza