El silencio del más elocuente silencio

Marcel Marceau

Marcel Marceau

Cuando la imagen era la palabra y comunicaba también los sonidos, las emociones, las fantasías, no hacía falta la palabra. De hecho, todas ellas sobraban.

Marcel Marceau estaba en escena.

Demasiado artista, poco menos que un Dios que creaba historias con su cara tiznada de blanco, sus huesudas manos zurcando el aire mientras montaba bicicleta y saludaba, con su amplia sonrisa, a todos al pasar.

Bip nos hablaba con su silencio.

El silencio ya no nos hablará. No caminará en la Luna a la que nos llevaba, ni el viento le molestará mientras camina con dificultad. Ya no halará más sogas invisibles que traigan atadas a su extremo cualquier problema mayor. No quedará encerrado en la cárcel de cristal de la que buscaría salir sin éxito.

Era Marcel. Era Bip. Era el silencio hecho palabra. Era la imagen discursiva. Era el más grande de los mimos. Y el más grande de los artistas, que con nada hacía todo, que sólo con aire y sus manos nos dibujaba un mundo fugaz que discurría feliz ante nuestros ojos.

Así como dice Phoenix, también yo haré silencio, quizás queriendo ser un poco como él, en un banal intento de que mi silencio quizás pueda dibujar la flor roja de su sombrero, símbolo perenne de la fragilidad de nuestras vidas.

Hasta luego, Bip.

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