El gusto atrofiado

Era divertido ser niño en los años en que me tocó ser niño. Tenía varios amigos y, como en la Vecindad del Chavo, éramos todos bien distintos, pero unidos en el fondo por el cordón imaginario que hacía deseable la aventura de bajar al parque que quedaba en medio de los edificios a jugar cualquier cosa.

Roberto era nuestra versión criolla y aplatanada de Ñoño; gordito, riquito y bastante llorón. Era muy buena gente, sin dudas, pero no escatimada el menor chance para sacar a relucir sus juguetes, los cuales con facilidad hacían que los nuestros parecieran baratijas (admito que muchas veces lo eran). Su padre tenía varias estaciones de gasolina y el negocio marchaba bastante bien pues fue de los primeros que llegué a ver conduciendo una jeepeta, una Grand Cherokee verde olivo (que combinaba bastante bien con su uniforme militar de Coronel del Ejército).

Günter y su hermano Thomas eran los alemanes del condominio. De niños vinieron al país con su madre y que yo sepa, nunca conocieron a su padre. Por suerte doña Raddahna rendía más que el jabón de cuaba y nunca noté que a mis amigos les hiciera falta ese señor. Y creo que a ella tampoco le hizo falta, pues por muchos años tuvo un novio dominicano muy privón, que tenía poco cabello y los ojos claros. Recuerdo que se llamaba Francis y fue el primer hombre que vi dando un beso con lengua, cuando se despedía de su dulcinea marca Bavaria.

Arturo y Jose Enrique, hijos de un importante banquero, completaban el pool de amigos que mi hermano José Ramón y yo teníamos cada tarde después de hacer las tareas. Arturo era de mi edad, lo mismo que Günter, por lo que con ellos dos estreché lazos más afines. José Enrique, Thomas y Roberto eran más amigos de mi hermano, cuatro años menor que yo.

Vivíamos en un condominio cerrado que tenía cuatro edificios de seis apartamentos y un quinto que sólo tenía tres, por lo que era el menos solicitado del complejo y con frecuencia uno o dos de los apartamentos estaban vacíos. Mi familia vivía en el apartamento 2-F. Los alemanes vivían en el 1-E, mientras que Roberto en el 1-F y Arturo y José Enrique residían en el 1-B. Eso significa que los demás apartamentos estaban habitados por familias sin hijos de nuestra edad, lo que nos hacía los reyes del lugar… excepto por Prisca, una chilenita que se mudó una tarde de verano, creo que en 1978, justo al lado de mi puerta, en el 2-E. Siempre fui un niño tímido y retraído, nada parecido a lo suelto que ahora me comporto. Por eso, cuando la vi llegar se me aceleró el corazón y recuerdo que pensé que era la muchachita más linda del planeta.

Escondido, como todo buen pariguayo, detrás de uno de esos tarros enormes que se hacían con piedras incrustadas, veía como desmontaban los ajuares e iban subiendo, con todos los tropiezos del mundo, cada cosa hasta la puerta de su casa, donde la madre de Prisca, una señora alta y con forma de embudo, dirigía a otro cortejo de morenomáticos para organizar las cosas. La chilenita aguardaba en una sombra, acompañada de Maribel su niñera. Cuando desmontaron el juego de habitación de ella, noté que era azul y no rosado como habría sospechado. Pensé que ella tendría algún hermano, pero cuando terminaron de subir la cama y el gavetero, la niña pidió subir también a la casa. Estaba esperando su lugar para dormir. Luego supe que a la doña le habían dicho que llevaba un bimbolito en la barriga, por lo que todo el ajuar de la criatura vino en azul celeste… pero cuando nació resultó que era popolita y ya no se podía cambiar nada.

Seguramente pasaron varios días sin que la volviera a ver. Yo regresaba del Colegio junto con mi hermano y mientras me acercaba a la puerta iba husmeando su balcón por si la viera, pero siempre ella llegaba después que yo, cuando ya estábamos almorzando. La única vez que me atreví a levantarme de la mesa al escuchar el carro de su casa, con la esperanza de verla un par de segundos, me costó un correazo que tatuó hasta los hoyitos en mi muslo derecho. Mi padre, que siempre ha sido “paypd” (pega ahora y pregunta después) asumió que yo despreciaba la comida, ofensa mayúscula en nuestra mesa, y se encargó de interrumpir mi ejercicio de precoz voyerista estampando el mencionado tatuaje en mi piel. No lloré solamente para evitar que Prisca supiera que me habían dado un fuetazo. Es muy duro comer guandules sazonados con lágrimas oprimidas entre los párpados.

Mi condición de “bootear” lentamente rindió frutos, pero no los que hubiera deseado. Un día que acababa de terminar mis tareas antes que mi hermano (cosa bastante rara pues él siempre fue más aplicado que yo), me disponía a bajar al parque central para reunirme con mis amigos. Me asomé al balcón para otear el ambiente y entonces me maldije un chorro de veces, al ver que Prisca, con un vestidito corto no recuerdo de qué color, pero corto, coqueteaba con Günter, el alemancito de mierda. Claro, ese epíteto sustituyó entonces al de mi gran amigo Günter, aquél con el que juré ser padrino de sus hijos y él de los míos, el mismo con quien vi por primera vez una foto de una mujer encuera, el mismo panal con quien iba al Club Arroyo Hondo a nadar compartiendo un par de goggles para ver las mujeres con bikini debajo del agua en la piscina. Pero ahora, naturalmente, era el alemancito de mierda.

Bajé los escalones en pocos saltos (ya era bastante alto para mi edad), y llegué al parque a la velocidad del chinazo. Frené casi encima del invasor nazista y lo empujé con efecto de quitipón, para quedarme de frente con la chilenita. Vaya manera de hacer mi debut.

Mientras la miraba y resoplaba por la carrera, el agente secreto del Führer se incorporó y no me dejó decir las palabras que había ensayado un montón de veces. Siempre que alguien dice que “se fajaron como dos lápices” me acuerdo de esa pelea entre el miembro del Tercer Reich y yo. Rodamos por la grama muy verde del parque y mientras nos engurruñábamos en forcejeos vi volar mis inseparables gafas, sin las cuales no podría distinguir a Shakira de Luciola Echavarría. El adorador de la Svástica estaba molesto y se colocó encima de mí, que estaba tendido en la grama con la vista borrosa. Yo estaba dolido de despecho por haber perdido a la jevita que nunca tuve y por la cual no había dado ni un paso. De repente un rayo fugaz de cordura me dijo que había perdido legal. Por suerte, sólo fue un destello y lo próximo que hice fue darle a Günter el más brutal de los trompones que recuerdo haber dado antes de sacar cédula.

Para entonces el molote nos rodeaba, y no sé quien intentaba separarnos. Alguien recogió mis gafas maltrechas y después de que nos separaron me las pasó. Ver claramente el rostro agorpiado de jodío alemancito fue una dulce escena, máxime porque nos separaron con tiempo suficiente para salir bastante ileso del incidente. Günter era más fornido que yo, pero yo le ganaba en tigueraje, aunque por poca cosa.

Fue la primera vez que vi a doña Raddhana y a Francis en mi casa. Y también fue la última. Mi madre demostró que hizo un curso de diplomacia, no sé si en Hempfill Schools o algo así, porque dio cátedras de conciliación y logró que las cosas se mantuvieran en un nivel amable. Es una pena que sólo haya estudiado relaciones exteriores, porque desde que la pareja se fue de mi casa, a mí me entró como a una tambora de merenguero en olla. Entonces no pude aguantar las lágrimas y no me importó que Prisca supiera que el chivo que estaban matando al lado de su casa era el mismo que había intentado decirle “hola, me llamo Darío, tú eres muy linda, ¿cómo te llamas?”.

Con el pasar de los años llegué a conocerla. Supe su nombre, su historia, me hice amigo de un perro viralata que ella tenía y dejaba que me lamiera la mano (el perro, no Prisca), sólo para que ella pensara que yo era tierno con los animales. Nada más salía de su casa y me pasaba 20 minutos “desinfectándome” con todo lo que hiciera espuma.

Como ella era el único pedacito de carne que se podía considerar una chica de nuestra edad, siempre tuvo toda la atención de los muchachos, quienes nos desvivíamos por cumplir hasta sus más torcidos caprichuelos. Nos encantaba jugar al escondido y los varones nos disputábamos quién era el que se iba a “perder” con la chilenita. Durante un tiempo mantuve una rivalidad radical con Günter, pero al cabo de un par de meses me olvidé de la Svástica, del Führer y del Tercer Reich, y las cosas tomaron, como debe de ser, el curso normal. Günter y yo volvimos a ser amigos, cuando, como canta el Maestro Sabina, Prisca decidió darle amores al mardito gordo de mierda, comparoncito y frutafina de Roberto. ¡Ese sucio!

Prisca reinó como la más bella chica de mi infancia de condómine porque por mucho tiempo no tuvo competencia. Por el contrario, se añadieron más varoncitos al menú de chamaquitos que conformaban el séquito de Prisca, la chilenita que debió ser varón.

El tiempo continuó avasallando y salí del barrio, me olvidé de todos y como no había ICQ en esos años jamás he sabido de nadie de esos rincones de mi memoria. Sólo sobreviven las fotos, una de ellas de mi cumpleaños en 1980, poco antes de mudarnos de ese condominio. Prisca, a mi lado me hacía cachitos, mientras Günter la miraba con cara de deseo. Y aunque los años han derramado su tinta de vejez sobre las fotos, al mirar el rostro escuálido y amachado de la famosa chilenita, tengo que darle gracias a Dios por Roberto, quien aparece orondo y sonriente al lado de ella, sintiéndose el ganador de esa sopa de huesos.

Realmente uno nace con el sentido del gusto totalmente atrofiado. ¡Sí señor!

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