20 pesos de sobras

Entró en silencio, como una perra realenga llena de llagas. Tan callada que una sombra haría más ruido que sus pasos, los cuales flotaban en un aire de carencias que pretendía no interrumpir ninguno de los banquetes del lugar. Se sentó en la mesa más lejana de todos, la más cercana al baño, la que nadie quiere pero que ella abrazó como tabla de náufrago.

Como si temiera recibir un golpe si hablaba muy fuerte, llamó por señas a Marisol, la dueña del lugar. Por supuesto no pude escuchar lo que pidió pues hasta sus labios se movían demasiado despacio haciendo imposible que pudiera leerlos. Además, seguramente no habría entendido su español apatoisado que brotaba escuetamente de su famélico pecho.

La haitiana vestía un vestido tan negro como ella, y tan sencillo como la noche sin luna ni estrellas. Un vestido tan negro como su esperanza y tan simple como su hambre. Un vestido negro para la negra haitiana que se sentaba en la mesa del baño, a solas, como siempre, como de costumbre, como la estampa diaria de su culto al Dios del Manyé al que ofrecía su tributo de veinte pesos arrugados y empequeñecidos a un bolillo que simplemente pasó a Marisol sin pretender descuento ni ñapa.

Entre la negra y Marisol había un convenio. Una forma de misericordia mercantil que satisfacía las entrañas de la negra por mucho menos de la mitad del precio que pagábamos todos los demás. Dos minutos después regresó la eficiente Marisol con un plato enorme, con arroz blanco y pedazos de pollo salteados con vegetales en trocitos y un poco de caldo de sancocho (sin más carne que un cocote, según pude ver). Un vaso de agua coronaba el manjar de la negra.

La haitiana comió en silencio su comida de sobras. Sus veinte pesos de sobras, de lo que quizás yo mismo no quise comer 5 minutos antes. Pidió, eso sí, un poco de salsa picante, supongo yo que para darle algún sabor ajeno a su cruda realidad. Un sabor distinto quizás. O un sabor ácido y picante como sus días.

Yo la observaba en mi distancia, esa distancia que ella misma puso entre nosotros a voluntad propia, pero que igualmente habríamos hecho todos si se sentaba en medio nuestro. Y sólo quería comer. Comer sobras de 20 pesos. En silencio. Deseando ser invisible para que nadie se ofendiera de su presencia. Comiendo residuos nuestros. Como una perra realenga llena de llagas.

Entonces miré sus piernas, que estaban tatuadas de cicatrices gruesas… y ya no pude más.

4 Comments 20 pesos de sobras

  1. Emmanuel SC

    Wao que bien , pero habla de cosas alegres, debiste de brindarle una bohemia al menos. Aparte de la tristeza que hiciste que en mi irradiara, me asombraron tus palabras y no es algo que cualquiera facil lograra. (rima la ultima parte :p)

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