La Bendición de la Loca

La Zona Colonial es, para desventura de ellos y vergüenza de nosotros, el hogar sin techos ni paredes de decenas de enajenados mentales y pordioseros que pululan de una esquina a otra ante la mirada indiferente de todos. También en la Zona Colonial está ubicado el colegio donde asiste mi hija Vielka junto a dos primitas. Acostumbro a ir a buscarlas diariamente como forma de verla e ir monitoreando un poco su desarrollo.

Hoy iba en el auto con mis tres “Chicas Superpoderosas” conversando animadamente cuando llegamos a la esquina de la casa de ellas. Siempre que ando con las niñas soy bastante más cauteloso con todo lo que ocurre en la calle, procurando estar alerta a cualquier imprevisto. Por eso desde lejos noté que la señora que estaba de pie y de espaldas a mí en el espacio donde pensaba aparcar el auto era una enajenada mental.

–¡Tío, mira, una loca! –interrumpió la mayor de mis sobrinas señalando a la infeliz. Ella notó el vehículo y luego de darse cuenta de que quería estacionarme, se quitó del lugar y pensaba que se retiraría lejos. Cruzó la calle y desde la acera de enfrente nos miraba. La mayor de las niñas contagió de asombro y cierto dejo de temor a las dos pequeñas que instintivamente se inclinaron en el asiento hacia el lado derecho del automóvil que era el más lejano de la pobre “loca”.

Yo me quedé unos segundos evaluando qué hacer. No quería que las niñas actuaran con desprecio hacia la mujer, pero tampoco quería que ella se acercara a nosotros. Simulé que me quedaría en el auto esperando que la señora se alejara más, y aproveché para hablarles a las niñas sobre lo que pasaba con la infeliz. Traté de explicarle con un vocabulario de 4 años que ella tenía “problemas”, pero eso sólo despertó el gusanillo de la curiosidad.

–¿Qué problemas tiene? –preguntó la mayor, que usualmente funge como “vocera” del trío. En eso noté que la mujer se había movido unos pasos y vi la oportunidad de salir del auto. “Problemas personales” dije simplemente y añadí “Es una pobre mujer que me da lástima”.

Salí del auto y lo rodeé por detrás para desmontar a las niñas lo más lejos posible de la señora, pero ella al notar mi movimiento dio marcha atrás y volvió a colocarse mirándonos desde la acera. Le dirigí una mirada entre molesto y preocupado y ella confirmó que tenía lo que quería: mi atención.

Mientras ella cruzaba la calle yo agarraba a las niñas y las colocaba detrás de mí. Se acercó hasta estar a unos dos metros y habló. Sus palabras fueron inesperadas y profundamente avergonzantes para mí:

–Ay m’hijo, que Dios te bendiga las niñas.

Aún en mi afán de protegerlas de la “amenaza” no atiné a entender lo que me decía la señora. Las niñas estaban a mis espaldas y estaban asustadas porque yo mismo las estaba asustando. Cuando logré digerir el deseo de la señora, balbucí un “Amén, gracias”. Ella trataba de sonreírles buscándolas detrás de mí y yo insistía en cuidarlas de ella.

Me pidió dinero, me mostró una herida y me habló del sida y de la soledad, todo en unos 10 segundos. Rechacé ayudarla con la clásica mentira del “no tengo nada” y logré evadir a la mujer agarrando fuerte a mis tres muchachas de la mano. Vielka se quedó mirando a la mujer que también la miraba fijamente.

Cruzamos la calle alejándonos de la señora y yo daba pasos más largos de lo usual procurando alcanzar la puerta y subir al segundo piso donde debía dejar a las niñas. La enajenada nos siguió, aumentando la sensación de miedo de la mayor pero mi Vielka y la otra primita no dejaban de mirar a la infeliz hija del desamparo.

La puerta de la escalera estaba abierta y las dos hermanitas ya habían entrado. Entonces Vielka se detuvo, señaló a la mujer y dijo:

–Que Dios te bendiga con mucha bendición.

Ella repetía lo que le he enseñado siempre, “cuando escuches una bendición debes devolverla más grande”.

Sentí que el tiempo se detuvo y miré a la “loca” que aún tenía su mirada fija en Vielka. Logré ver cómo se dibujó una sonrisa de niña en su rostro y dijo un “gracias” que sé que le supo a gloria. No sé describirlo y no sé si les hará sentido a ustedes, pero sentí en ese momento que la “loca” y mi hija se entendieron, que hablaron un idioma puro y bendito, uno que hace años los “cuerdos y adultos” dejamos de comprender.

La cerrada puerta de barrotes se interpuso entre la mujer y mi hija, pero aún así ella se abrazó a la puerta y mientras empezaba a derrumbarse mi alma al comprender lo que pasaba entre ella y mi hija, las escuché despedirse con cordialidad.

–Adiós niña linda.
–Babay adiós.

Y eso fue todo.

Terminé de subir las escaleras y le entregué mi niña a su abuela mientras usaba las mangas de mi camisa como pañuelo. ¿Qué fue lo que pasó?

Pasó que una niña y una “loca” se bendijeron. Pasó que un prejuicio social nos dice que hay que cuidar a los niños de los locos y negarles a ellos todo contacto con quizás la única posibilidad de ser un poco iguales, un poco normales… un poco felices. Pasó que por un momento sentí que la enferma y loca mujer lograba que alguien le echara una bendición sincera, que le prestara un poco de atención desinteresada. Y eso me conmovió mucho.

Eso pasó hoy. Y Vielka aún no sabe lo que hizo.

4 Comments La Bendición de la Loca

  1. Ginnette

    Hiciste que se me “engranojaran” los vellos. Que hermoso testimonio Darío. Dios te bendiga a tu hija y da gracias a El, por permitirte ser testigo de ese momento.

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    1. Darío

      Te confieso que ese es, sin quizás, el texto mío que más me emociona. Recuerdo todo tan vividamente como si fuera ayer.

      Cualquier día de estos le daré a Vielka este escrito a ver si lo recuerda.

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  2. Michelle Cruz

    Bella la historia Dario, es increible lo que los inocentes nos enseñan!!
    DIOS bendiga a Vielka

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