Un adiós a Cecilia

Cuando estuve en Paraguay, hubo una mujer que me acompañó todos los días a todas partes. Donde quiera la veía, en cada esquina, en cada parque, allí estaba ella. Encendía la TV y con frecuencia me enteraba de algo de su vida y de su historia… y también de su tragedia.

Una de las primeras preguntas que hice a la persona que me buscó en el aeropuerto fue “¿Quién es Cecilia?” porque en la mera salida ya un mar de carteles pedían su liberación y rogaban a los captores que le respetaran la vida.

Cecilia Cubas Gusinky, una mujer de 31 años, cuyo peor pecado quizás era ser hija de un ex-presidente del Paraguay, fue secuestrada violentamente cerca de su casa el 21 de septiembre del pasado año.

Empezó entonces un viacrucis de 148 días… un pueblo en vilo, una familia que se consumía en angustia y tristeza… Todo un país contuvo la respiración durante casi cinco meses y 6.1 millones de personas cruzaron sus dedos.

Cecilia estuvo presente en todos mis días y noches porque todo Paraguay siempre la tuvo en sus labios. Un país tan parecido al nuestro, donde “cada burro jala para su lado”, con el tema de Cecilia estaba monolíticamente unido, preocupado, apesadumbrado, aunque también algunos mostraban esperanza y fe.

Pero Cecilia nunca fue liberada. Ni se respetó su vida. Ayer desenterraron su cadáver en el final de un túnel en un pueblo llamado Ñemby. Aparentemente fue asesinada en diciembre. Dicen que en Navidad.

Pedir paz a sus restos no es suficiente. Pedir justicia contra los autores de esta barbaridad, no le devolverá la vida. En casos como este, que se repiten tristemente en todos los países, a todas horas, en todos los estratos sociales, uno se encuentra con la frustración y el vacío de soluciones. Y muchas veces ese vacío se llena con ira y deseos de venganza.

Así me siento hoy.

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