Sexo

Envuelto en su lujuria existencial, se acercaba a ella, que lo esperaba siempre tan serena y callada. Con su porte de Dios omnipresente la rodeaba; sus ojos, azules como el infinito profundo, alcanzaban a ver hasta la esquina más redonda de su cuerpo, y aunque conocía desde años proverbiales hasta sus más secretas grutas, no se cansaba de acariciarla, de recorrerla sudoroso y febril, como si fuera apenas la primera vez.

Con pausado ritmo pero firme constancia, iba y venía, y con él se venían sus ansias, que derramaba sobre el acogedor cuerpo que recibía tanto despliegue de atención en silencio reverente. Ella, acostumbrada a las pasiones seminales de su amante, su único y fiel amante, no oponía resistencia, y aceptaba con gusto las saladas gotas del sudor esforzado que brotaban de su viril acometida.

De vez en cuando ella gemía con una larga exhalación, cuando él la penetraba y sacaba de sus entrañas las más sonoras emociones. Disfrutaba ella a plenitud la meseta de su orgasmo, que para su dicha y particularidad, no era breve y fugaz sino que podía prolongar durante largo tiempo.

Él, de otra parte, sabía manejar su fuerza para retenerse y recomenzar, alargando la pasión del momento hasta que dejaba de ser momento para convertirse en eternidad, sudorosa eternidad en la que ambos no escatimaban regocijarse, en la que fundidos en unísono cuadro eran la mejor estampa del placer incesante.

Así seguían en imperturbable placer; meciéndose con breves retrocesos e intensas penetraciones, ejecutadas con sincronía magistral digna de la batuta de Poseidón. Así el mar vertía su semen nacáreo sobre el vientre de la roca, una y otra vez, en espuma que se desvanecía y se hacía sal y canto del mejor sexo de la naturaleza.

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