El monólogo del jambriento

La jambre y los choferes de carro público son una mardición, compadre. Una mardición.

Hoy cogí yo un biónico “palque” para ir a donde los chinos a comerme en forma de chofán a la abuelita o la tía jamona que mataron anoche. Me senté alante, que para mi suerte estaba vacío. Atrás se unió una infeliz que puso mueca de nomejodas desde que la miré. Le pasé una papeleta de 100 pesos al australopitecus afarensis que tenía una mano en el volante y con la otra cobraba, pasaba cambios, subía la radio, movía el retrovisor y se cucutiaba las cavernosas interioridades de su oreja y nariz, con el consabido chupón de dedo y saboreo. El grajo del sub-homosapiens daba un toque ambiental a-lo-picazanja de lo más coqueto, parecía realmente una degustación de olores que ruborizaría a Chanel y a Carolina Herrera.

Mientras el sonido de una voladora era ahogado por los acordes majestuosos de un merengue de Kinito me preguntaba por qué el condenado no terminaba de hacer avanzar esa conjugación de hierro retorcido y ruedas usadas por quinta generación. La respuesta vino cuando vi cruzando una mujer rolliza que parecía uno de esos chorizos de cuando tábamos en buenas, que uno juraba que reventaría con la próxima mirada.

Sin pensarlo dos veces, la singular imitadora del muñeco de la Michelín se asió de la puerta delantera y echó el bembe hacia adelante como señalando “echa p’allá que quiero entrar”. Yo la miré con cara de bazooka e incliné los ojos hacia atrás, queriéndole decir que estaba más vacío allá. Entonces la voz del primate conductor me dijo “recógete lalgo, o pagame lo do pasaje, recoge, recoge”.

Fue entonces que sentí que me bajó el azúcar como si de repente me dijeran que Shakira se había casado con el Bobby de Nylon.

En cámara lenta evalué la situación. ¿Desmontarme para que la gorda se montara y yo irme en otro carro que quizás tuviera condiciones batey-alike más aceptables? No, el primo de Chita aún no me devolvía. ¿Decirle expresamente a Dumbo que se sentara atrás? Su cara indicaba que no iba a negociar. ¿Encoger mi osamenta con un proceso no patentado de PKZIP para dar paso a aquella demostración del poder de la fritura? Sí, eso hice. ¡Ay, mis costillas!

Por el espejo retrovisor alcancé a ver la pasajera de atrás que esbozaba una media sonrisa digna de darle un suplé de los que los Broncos daban cuando Jack Veneno regalaba salamis en el Parque Eugenio María de Hostos. ¡Esa hija de perra realenga y garrapatosa! Nadie más aborcó la nave del Gran Almirante Don Cristóbal Grajón.

Así iba yo… el jamón de un sandwich que tenía a un lado masa de puerco cebado y al otro lado el hedor del mismo puerco… ¡qué poema! No bien habíamos caminado 200 metros cuando reconocí que no soy tan hombre como pensaba, pues sentí que mi virginidad era zarandeada por una estaca maldita de la que ni el Conde Drácula podría haberse salvado. La maldita madre del maldito japonés de la maldita mierda que diseñó los Corollas con el freno de mano en medio de los asientos. ¡Ojalá que le metan por ahí uno de los bates de David Ortíz para que aprenda, carajo!

Así por fin llegamos al Parque Independencia. Pedí parada antes que nadie y sentí que la mastodonta resoplaba por la molestia de tener que bajarse antes de tiempo (pues ella seguramente iba al Mercado Modelo en la Mella a abastecerse de tripitas, entresijo y enchufles). Luego de hacer maromas para salir y estrujarme su espalda adiposa y llena de estrías que hasta se revelaban sobre su blusita de Almacenes Pica Pica, aquella media vaca salió del “carro”, y más pronto que una vieja cantando “Bingo!” salí yo. Me quedé recobrando el aliento y la vergüenza y observé cómo los muelles del auto gemían cuando la Kingkona se sentaba de nuevo. Cuando ya se iba el carro, grité “‘DITA MADRE!” y el auto se detuvo… a abordar dos pasajeros, por suerte.

De manera que llegué caminando con el estómago magullado y abrazado de las vértebras lumbares al comedor de los chinos. Yo tenía tanta jambre que el especial del día me parecía tan bueno que pensé que habrían matado a Asia Carrera para picarla en egg-rolls. Hago mi filita y al pagar me doy cuenta de que el maldito chofer me había tumbado mi devuelta, y no tenía suficiente para pagar la comida.

Así que adiós Asia Carrera versión egg-rolls… Adiós jartura de arroz añejo 12 años… Y hola al sufrimiento de tener que volver para atrás sin dinero, con jambre y sin un bate (ni fuerzas) para darle una carrera al “padre de familia” que montó una hipopótama a mi lado, me tumbó 95 lágrimas en moneda de curso legal y me regaló muchas lágrimas de jambre con jota de jediondo.

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